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sábado, 3 de septiembre de 2011

Los pocos sabios que en el mundo han sido




Los ángeles músicos de la catedral de Valencia son algo más que una decoración.


¿Qué relación guardan los ángeles de Valencia con el catarismo?


El catarismo no es una cosa rara y fosilizada, perteneciente al ámbito de la arqueología. Exterminados los últimos cátaros medievales, su doctrina, su visión del mundo, su enseñanza, de algún modo permaneció, como un agua subterránea, y ese oculto filtrarse no fue estéril, sino que se convirtió en un proceso de purificación. Quedó la esencia. En ese oculto filtrarse se eliminó lo superfluo, lo contingente, las normas de vida que respondían a situaciones concretas, a un lugar, a una época. Quedó la esencia, recogida y transmitida sin aditamentos por esos pocos sabios que en el mundo han sido.


Quizá Paolo da San Leocadio fue uno de esos sabios.
Las imágenes que pintó San Leocadio en la catedral de Valencia no son simple materia. Están hechas con materia, porque sólo así podemos expresarnos los humanos, pero trascienden la materia. Son música que se escucha en las esferas celestiales.
Son arte, y el verdadero arte nos lleva a una percepción espiritual de la realidad y nos pone en contacto con una vida superior a la material.


En el mes de mayo del año 2004 comenzó la obra de restauración de la ornamentación barroca de la bóveda que cubría el altar mayor de la Catedral de Valencia.


El 22 de junio de 2004 los restauradores escucharon palomas, zureos, agitar de alas, al otro lado de la estructura de la bóveda.


Ello acrecentó la sospecha de que entre la bóveda barroca y la anterior, gótica y más alta, existía una cámara de aire; un espacio suficiente para que las palomas se hubieran instalado allí.


Los restauradores abrieron un pequeño agujero, lo justo para poder meter el objetivo de una cámara digital y disparar.


El flash iluminó lo que durante siglos había permanecido en la oscuridad.


Los frescos estaban ahí. Maravillosos ángeles de grandes ojos muy abiertos observaban como sorprendidos la luz del flash en un cielo intensamente azul cuajado de estrellas doradas.


En los archivos constaba que aquellos ángeles habían sido eliminados debido a que se hallaban en pésimo estado. Pero ahí estaban, casi intactos.


No los destruyeron los artífices del recubrimiento barroco, ni tampoco las palomas, ni el paso del tiempo.


Los ángeles habían permanecido escondidos durante más de 300 años. Años de olvido, de ignorancia. Pero los ángeles estuvieron siempre allí, con las bocas tapadas por masillas de yeso, como para mantenerlos en silencio.


Se trata de un caso único en el mundo. Ese espacio de tiniebla que separaba las dos bóvedas, convertido en cobijo de palomas, había preservado durante siglos unas pinturas que se creía desaparecidas.


Tras sacar a la luz los frescos pintados por San Leocadio, se optó por eliminar definitivamente la estructura barroca, salvo los nervios de la bóveda, decisión no exenta de críticas, ya que hubo opiniones en contra, partidarios de volver a silenciar a los ángeles.


San Leocadio había tardado 6 años en pintarlos. Años de labor paciente y perfeccionista, como si en lugar de estar creando figuras de 4 metros estuviera trabajando en miniaturas: ahí están los cabellos, los rasgos de los rostros, las actitudes de las manos sobre los diferentes instrumentos musicales; ahí están la chirimía, el salterio y las sonajas, las vestiduras tornasoladas de seda, terciopelo, gasa y tisú, las fíbulas que recogen los tejidos, los radiantes nimbos que envuelven las cabezas... San Leocadio no estaba decorando un techo sino transmitiendo un mensaje. Creando representaciones de ángeles capaces de hacer música. Los ángeles de San Leocadio hacen sonar sus instrumentos.


Y ahora ahí está, ahí puede escucharse, en el silencio del templo, la música de los ángeles. El que tenga oídos para oir, que oiga.

 

domingo, 28 de agosto de 2011

Ángeles músicos


El catarismo se desarrolló en un pequeño mundo lleno de poesía y de música. Sabemos poco de ellos, nos ha quedado poca información sobre cómo era su vida cotidiana, pero es imposible que no hubiera música y poesía en ella. Es imposible que no estimaran el valor de éstas como medio de comunicación con Dios.


La música de órgano escuchada en la penumbra de un templo es lo más próximo a la voz de Dios que pueda llegar a captar el oído humano. Con independencia de las creencias religiosas de cada uno, escuchar a Bach en la penumbra de un templo constituye una experiencia trascendente.

Hoy se da poca importancia a la música como lenguaje para la comunicación con Dios. No es lo mismo escuchar a Bach o a Mozart que escuchar bobas melodías de música ligera interpretadas con una guitarrita y voces algo desafinadas. Los que tocan las guitarritas y cantan con más voluntad que arte a lo mejor se divierten, pero ése no es el lenguaje más adecuado para la comunicación con la divinidad, para la relación del hombre con Dios, para la conexión con lo inmaterial.


En la catedral de Valencia se descubrieron a comienzos del siglo XXI unos frescos renacentistas que durante siglos habían permanecido ocultos tras una doble bóveda en la capilla mayor.


En mayo de 1462, una bengala despedida por la “palometa” que representaba al Espíritu Santo descendiendo desde lo alto del cimborrio prendió en los paños que enmarcaban el retablo gótico de la catedral, y el fuego destruyó la decoración del ábside y de su bóveda.

Cuando llegó a la ciudad su Obispo, el valenciano Rodrigo de Borja - futuro Papa Alejandro VI -, trajo consigo al pintor Paolo da San Leocadio, natural de Reggio, en Lombardía. El artista italiano emprendió la restauración de las pinturas del altar mayor en 1472, bajo el patrocinio del Obispo.


San Leocadio pintó dos ángeles en cada entrepaño de la bóveda, hermosos ángeles con luminosas alas desplegadas. Utilizó los mejores pigmentos, como el azul de malaquita y el oro de ley. San Leocadio pintó doce radiantes ángeles músicos. Fue un trabajo minucioso, detallista, religioso, hecho con la conciencia de que no importaba que el ojo humano sólo lo fuese a ver a distancia. San Leocadio estaba estableciendo a través de su arte una directa relación con Dios que iba más allá del resultado material.

Los ángeles músicos son un tema permanente en el arte cristiano, pero los ángeles músicos de San Leocadio son algo más que la decoración de una bóveda.

Paolo da San Leocadio no volvió a pintar al fresco y, en el resto de su extensa obra en Valencia, se mantuvo en un estilo mucho más contenido y formal, como el del retablo de la Colegiata de Gandía o el de la Virgen de Gracia de Enguera, revestida de pesados brocados a la manera flamenca.


La obra de San Leocadio en la catedral desapareció en el siglo XVII, cuando en el año 1672 el Arzobispo Luis Alonso de los Cameros decidió reformar la capilla mayor y sustituir las pinturas del ábside por mármoles y adornos barrocos.
Sin embargo, sorprendentemente, los ángeles de la bóveda no fueron destruidos sino que quedaron ocultados por la nueva cúpula, que arrancaba unos 80 centímetros por debajo de la anterior.


En mayo de 2004 comenzó la obra de restauración de la decoración barroca del ábside de la catedral.
El 22 de junio, a través de un pequeño orificio, se pudo ver el primero de los grandes ángeles que rodeaban la desaparecida clave, la obra del pintor lombardo, oculta durante siglos y perfectamente conservada.


Ahora, tras casi tres años de restauración, ahí están, los ángeles músicos.

Estos ángeles están vivos y tocan de verdad. Arpa, cítara, pandereta, vihuela, viola de arco, laúd, organetto, flauta, trompeta, dulzaina, dulcemelos.
Cuando los ocultaron en el siglo XVII, a varios de ellos les taparon la boca con una pella de yeso. ¿Por temor? ¿Por burla? Algo muy fuerte debieron sentir los artífices de la ocultación.

Ahora, tras siglos de oscuridad, ahí están, luminosos, los ángeles de San Leocadio, haciendo sonar sus instrumentos para construir un puente que comunique a los hombres con Dios.