lunes, 3 de noviembre de 2014

Repanse de Schoye




En El cuento del Grial, o La historia de Perceval (Li Contes du Graal ou Perceval le Gallois), una doncella pasa ante Perceval con un grial en las manos.
La doncella es un personaje misterioso.

En la descripción del cortejo del Grial, Chrétien destaca la extraordinaria claridad que se difunde por la sala:
Un graal entre ses deus mains
Une damoisele tenoit,
Qui avec les vallés venoit,
Bele et gente et bien acesmee.
Quant ele fu laiens entree
Atot le graal qu’ele tint,
Use si grans clartez i vint
Qu’ausi perdirent les chandoiles
Lor clarté come les estoiles
Font quant solaus lieve ou la lune.
[vv. 3220-3229]
[Una doncella, hermosa, gentil y bien ataviada, que venía con los pajes, sostenía entre sus manos un grial. Cuando hubo entrado con el grial que llevaba, surgió tal resplandor que al instante perdieron su claridad las candelas, como les ocurre a las estrellas cuando se levanta el sol o la luna].

Se ha supuesto que ese respandor prodigioso proviene del objeto maravilloso que porta la doncella, el Grial, adornado con piedras preciosas.

Otros dos autores que trataron el tema, Wolfram von Eschenbach y el Primer Continuador, describen el Grial sin hacer referencia a su luminosidad.

Wolfram, en cambio, habla de la radiante belleza de la portadora del Grial, comparándola con la llegada del día.

Sólo a partir de Le Roman de l’Estoire dou Graal de Robert de Boron, donde el autor dice que la luz procede del Grial, se asocian luz y Grial.

Según algunos, la portadora del Grial es «soeur de la déesse-fée qui, au côté du dieu Lug, reçoit dans le palais féerique le Roi Conn et lui prédit pour lui et ses descendants, en versant la Coupe d’Abondance et de Souveraineté, l’avenir de sa dynastie de Roi suprême».

De hecho, en Diu Crône, escrito por el austríaco Heinrich von dem Türlin hacia 1215, se habla de la doncella como de una diosa: «die gotinne wolgetân».

En la anónima Segunda Continuación, en el cortejo que pasa por delante de Perceval, una doncella lleva en las manos el Grial, y, tras ella, otra joven porta la lanza que sangra. A continuación, un paje trae la espada rota, el arma del coup félon. El Grial y la lanza, los objetos sagrados, son llevados por doncellas, y sólo la espada, símbolo de la caballería, es llevada por un varón.

También en Perlesvaus, Le Haut Livre du Graal, Grial y lanza son llevados por manos femeninas, aunque estas doncellas son la manifestación visible de espíritus incorpóreos.

En cambio, según Wolfram von Eschenbach, la portadora del Grial resulta ser tía de Parzival, hija de Frimutel, hermana de Amfortas y Trevrizent.
Wolfram le da nombre: «Repanse de Schoye se llamaba la virgen que transportaba el Grial». Repense de Joie, Dispensadora de Alegría.
Y nos dice Wolfram que su viriginidad es esencial a su rango en el Servicio del Grial (del mismo modo que el buscador del Grial ha de ser casto): «Era la naturaleza del Grial, que aquella que lo custodiaba debía conservar su pureza».

Son también mujeres —con las excepciones de Gornemans de Gorhaut, cuyas enseñanzas conducen a Perceval al fracaso, y de Trevrizent—, quienes van educando a Parzival. En un universo de varones, el conocimiento resulta proceder de mujer.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Trevrizent




Antes de entrar en el castillo de Munsalvasche, el castillo del Grial, Parzival visita al anciano eremita Trevrizent, que habita en una cueva contigua a la Fontane la Salvasche.

Trevrizent pertenece a la familia del Grial. Es nieto de Titurel, hijo de Frimutel, hermano de Amfortas y de Herzeloyde, tío de Parzival (que es hijo de Herzeloyde).

Su hermano, el rey Amfortas, ha caído enfermo, o herido, por su inclinación a los placeres terrenales, y con ello ha quedado incapacitado para gobernar.

En cambio, Trevrizent, que fue caballero notable en su juventud, ha rechazado todo lo terrenal, todo lo físico, ha renunciado al mundo y ha ofrecido su vida a Dios, para lograr la salvación de la comunidad del Grial.

En la soledad de la gruta del bosque de Terre Salvasche, Trevrizent vive como ermitaño, ayuna para combatir la carne, creación del diablo, considerando la vida en la tierra como un tiempo de preparación para el retorno al cielo, de donde procede su alma.

Así, se ha convertido en un ser espiritual que puede actuar como intermediario entre Dios y los hombres.
De vez en cuando es visitado por peregrinos que buscan en él consejos espirituales.
Trevrizent no es un monje ni un sacerdote, pero es considerado como un hombre santo que puede enseñar a la gente a encontrar el camino hacia Dios.

Parzival lleva mucho tiempo vagando sin rumbo, alejado de Dios.
Llega a la cueva, y Trevrizent le viste con una túnica, nueva vestidura “espiritual” que representa el despojamiento de la materia.

El anacoreta inicia a Parzival en los secretos del Grial.

En las conversaciones con el ermitaño, Parzival completa su educación en sus aspectos espirituales, se aproxima a la divinidad.

Parzival comprende todo el dolor que ha causado:
Herzeloyde murió de la pena que le provocó la marcha del hijo.
Amfortas sigue sufriendo debido al fracaso del joven en su primera visita al castillo del Grial, donde no supo interesarse por el sufrimiento del rey, interés que habría sanado a éste.

De Trevrizent, Parzival recibe conocimientos sobre sí mismo, sobre el mundo y sobre Dios.
Trevrizent le enseña la vía para alcanzar la paz del alma, para alcanzar el Grial.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Oberón y Amfortas





El antiguo poema francés Huon de Bordeaux cuenta la historia del rey Huon y su esposa Esclarmonde.

Huon y Esclarmonde se embarcan en un navío que les ha de conducir al castillo de Monmur, el castillo encantado de Oberón.
Tras meses de odisea por el pays des commans y la terre de foy, llegan al bocaige Auberon, el bosque encantado de Oberón.
Allí encuentran el “castillo de los monjes extraños”, donde en un salón suntuoso les espera una mesa lujosamente dispuesta, pero sin nadie para servirles.
A la mañana siguiente, Huon y Esclarmonde se dirigen a la iglesia para oír misa, pero en ella no hay altar ni crucifijo. De repente, como por arte de magia, surgen del suelo cien monjes. Huon consigue atrapar a uno de ellos, y le obliga a contarle qué es lo que ocurre en el castillo.
El fraile le aconseja que, sin pérdida de tiempo, prosiga su camino, pues todos los monjes que allí hay son espíritus: Dios los arrojó a este lugar, donde aguardan ser redimidos el Día del Juicio Final.
«La esperanza es el hábito de esta hermandad».
El fraile transporta a Huon y a Esclarmonde en una túnica mágica a Monmur.

Según otra variante de la canción de Huon, es el pescador Mallabron, transformado en delfín, quien los lleva, más allá del agua, al castillo de Oberón.


Oberón, rey de las hadas y los elfos, esperaba la muerte en Monmur, pero no podía morir antes de que Huon heredara su corona.
Recibe con alegría a Huon y a Esclarmonde.
A continuación se celebra un festín, en el que, de una copa maravillosa, se escancia vino a todos los convidados.
Después del banquete, Oberón hace que le traigan su corona y su jabalina, los símbolos de su soberanía sobre el imperio de las hadas. Huon y Esclarmonde son coronados.
A la mañana siguiente, Huon prueba sus nuevos poderes y reúne con su magia a todas las hadas y barones del reino.


Ante toda la faerie reunida en asamblea, Oberón declara:
«No soporto permanecer por más tiempo en la tierra,
cuanto antes quiero ir al paraíso...»

Oberón se despide del mundo de las hadas y muere.
Su cuerpo, embalsamado, es introducido en un féretro, que se mantiene en el aire. Por debajo de él danzan en corro los elfos.
Finalmente, los restos mortales de Oberón son sepultados en una cueva.


Entre la “canción de Esclarmonde” del ciclo Huon y los poemas del Grial, sobre todo en la versión de Wolfram, existen múltiples analogías:
El bocaige Auberon se asemeja al tupido y sombrío bosque de Briziljan, por el que cabalga Parzival.
No resulta fácil llegar ni a Monmur ni a Munsalväsche.
Tanto en Monmur como en Munsalväsche impera la ley de la castidad.
Los monjes extraños que esperan la liberación recuerdan a los ángeles del Parzival.
El pescador Mallabron al borde de la vasta extensión de agua tras la que se encuentra el reino de las hadas de Oberón es análogo al Rey pescador a la orilla del lago Brumbane.
Tanto Oberón como Amfortas sufren. Ambos esperan que la aparición de su sucesor posibilite su salvación.
El reino encantado de Esclarmonde es un mundo intermedio entre la vida más allá del bosque protector y el Paraíso; es la Tierra de Salväsche, de Wolfram.
La jabalina se corresponde con la lanza.
La copa mágica juega el papel del Grial que distribuye la comida salvadora.

jueves, 31 de octubre de 2013

Dios




Para comunicarse con Dios, no son necesarias las fórmulas ni las palabras.
Si estamos receptivos, si prestamos atención, si nos mantenemos alertas a las señales, Dios se pondrá en contacto con nosotros.

Dios encuentra el modo de filtrarse a través de la materia y alcanzar el espíritu del hombre. Pero, con frecuencia, estamos demasiado ocupados en asuntos banales para darnos cuenta. Problemas con los compañeros de oficina, problemas con el banco, problemas con la familia, problemas con la comunidad de vecinos, problemas con los electrodomésticos…
En el cúmulo de perturbaciones diarias, no queda espacio para la calma necesaria para la comunicación con Dios.


La comunicación con Dios se realiza en el silencio y la soledad. Se filtra como un aliento leve, como un escalofrío, como un fogonazo. No puede describirse. Pero nos transforma. Nos hace comprender. Nos da un conocimiento que no está en ningún libro.

Es sólo un instante. Pero luego esa Luz se queda contigo. Sabes que la has visto. Las angustias de este mundo continuarán acosándonos, pero sabremos ya que hay algo más, que todo lo que nos pase aquí carece de importancia.


Seguirá costándonos avanzar, mantenernos firmes. Llegaremos a dudar de que una vez vimos esa Luz. Deberemos, entonces, esforzarnos por recordar cómo fue ese momento, recordar lo que vimos, lo que supimos entonces. No debemos dejar que las perturbaciones del mundo cieguen la vía abierta por Dios para hablar con nosotros.

Las miserias de este mundo no son nada. No son nada, y sin embargo pueden destruirnos. Cuando llega la angustia, hay que esforzarse por recuperar aquel instante de Luz, con la seguridad de que es lo único importante.

viernes, 25 de octubre de 2013

Los otros




Las personas que nos rodean pueden ser un apoyo o un obstáculo.
La relación social no siempre favorece la vida del espíritu.
Ayudar a los que necesitan nuestra ayuda no debe significar disgregarnos, perder nuestro propio camino.
Si escuchamos todas las voces que suenan a nuestro alrededor, acabaremos por no escuchar la voz interior.
Acabaremos por no escuchar la voz de Dios.


Para escuchar a Dios hace falta soledad.
Si nos sentimos obligados hacia todos los que nos rodean, podemos acabar perdiéndonos.


Con frecuencia, la relación social es fuente de desasosiego. Hay relaciones tóxicas, que nos desestabilizan. Hay relaciones que nos causan dolor. Entonces, es preferible alejarnos. Ayudar a quien necesite nuestra ayuda, y continuar nuestro camino. Prestar ayuda a los demás siempre que podamos, pero luego continuar nuestro camino.


En ocasiones, las relaciones humanas se convierten en un peso que nos impide avanzar. Hay que intentar ir reduciendo los lazos que nos atan a este mundo. Cuanto más leve sea el peso, con más facilidad se elevará nuestro espíritu hacia lo alto.


Si hacemos propio cada problema, cada reclamo de las personas con las que nos relacionamos, no podremos avanzar en el proceso de desasimiento que nos lleva a entender la muerte como lo que es: un tránsito a la auténtica vida, una liberación.


Deberíamos tener presente todo el tiempo que la muerte es eso. Tanto la nuestra como la de los demás. La muerte no es sino desprenderse del lastre material, recuperar la libertad del espíritu, regresar al lugar al que pertenecemos.

No deberíamos llorar a los muertos. Se han liberado. Van a un sitio mejor. No hay motivo para el llanto, como no sean motivos egoístas.

Si nos acostumbráramos a convivir con la muerte, todo sería más fácil. La muerte es nuestra compañera de viaje desde que nacemos. Nos empeñamos en no mirarla, pero ella va con nosotros todo el tiempo, y su rostro no es el que nos han pintado en tanta imagen macabra. Su rostro, por el contrario, es amistoso. Nos espera para conducirnos a nuestro lugar de procedencia, para conducirnos a la Luz. A la casa del Padre, en la que el sufrimiento de este mundo se habrá terminado para siempre.

jueves, 24 de octubre de 2013

La vida




Renunciar a todo lo que nos disgrega. A todo lo que nos enturbia el recuerdo.

Nuestro esfuerzo permanente debería ir encaminado a recordar. Cuanto más recordemos, más fácil nos resultará encontrar el camino de regreso. Y eso es lo único que importa de verdad.


Nos pasamos la vida preocupados por cosas que no importan. Nos pasamos la vida prestando atención a cosas que nos apartan de lo esencial.


Casi todo lo que ocurre a nuestro alrededor va encaminado a mantenernos en el olvido, a mantenernos atados a este mundo. La sociedad es un instrumento perfecto para impedir que el espíritu recuerde. Diversiones y responsabilidades, obligaciones y apetencias… En la vorágine del día a día, el espíritu desaparece. Absurdos trabajos con los que mantener en marcha la maquinaria, mezquinos disgustos, pasajeros anhelos, peleas, fracasos, ambiciones, jolgorios… Todo nos va alejando de nosotros mismos.


Ni siquiera nos damos cuenta. No nos queda tiempo para darnos cuenta. Si nos encontramos con un poco de tiempo libre, corremos a llenarlo de cualquier manera, porque nadie nos ha enseñado a estar a solas con nosotros mismos, a mirar en nuestro interior, a avivar el recuerdo.

Cuando, en realidad, eso es lo único que importa. La sociedad es un engranaje diabólico. La inmensa mayoría de los seres humanos pasan toda su vida sin preguntarse siquiera qué están haciendo y para qué lo están haciendo. Funcionarios que, día tras día, a lo largo de años, rellenan mecánicamente los impresos que exige la maquinaria burocrática; empleados de supermercado que, día tras día, a lo largo de años, rellenan mecánicamente las estanterías con arreglo a los cambios constantes que recomiendan las estrategias de ventas; ejecutivos obsesionados con el logro de objetivos y la asistencia a reuniones y congresos; amas de casa ocupadas en las monótonas tareas domésticas, aguardando el momento en que salir a tomar el café de la tarde con las amigas…


Y así se pasa la vida. Sin que nos lleguemos a preguntar por el sentido de ésta. Así, generación tras generación, millones de seres humanos repiten las mismas inanes acciones para mantener en funcionamiento la absurda maquinaria…


La reflexión es peligrosa. El silencio y la soledad son peligrosos. El tiempo libre es peligroso. Si el ser humano aceptara la soledad y el silencio, el tiempo libre y la reflexión, el engranaje se descompondría.


¿Cómo encontrar un tipo de vida que nos permita la meditación, que nos posibilite el recuerdo?

Si no podemos llevar una vida apartada del fárrago social, deberíamos al menos intentar preservar un tiempo para la meditación, un tiempo de soledad y silencio en el que poder volvernos hacia nuestro interior, un tiempo de sosiego en el que pueda escucharse la voz de Dios.

miércoles, 23 de octubre de 2013

La Palabra



Se habla mucho ahora de la naturaleza. De que el hombre debe aproximarse a la naturaleza. De la supuesta felicidad del ser primitivo en contacto directo con la naturaleza.


Sin embargo, lo más propio del ser humano no está en la naturaleza. Incluso cuando el hombre sale a la naturaleza, cuando recorre caminos inexplorados, cuando escala cumbres, cuando navega buscando costas nuevas, lo impulsa algo que está por encima de la naturaleza. Lo impulsa su propio pensamiento.


Sin el pensamiento, sin la reflexión que el hombre efectúa sobre la naturaleza, ésta no es nada más que una sucesión de acontecimientos ciegos. Ciclos de días y noches, encadenamiento de estaciones, nacimientos y muertes… Todo ello no sería nada, pura dinámica de la materia para prolongarse en el tiempo. Es el ser humano, con su reflexión sobre lo que le rodea, el que convierte la física y la química en belleza, en emoción, en concepto.


La naturaleza, sin nadie que la piense, es pura materialidad implacable. Los verdes trigales cuajados de amapolas, las montañas nevadas destelleando al sol, el despliegue cromático de los bosques al llegar el otoño, los amaneceres junto al mar… Todo eso no es nada si no es mirado y pensado por el ser humano.

El ser humano que contempla lo que le rodea y con su pensamiento y su palabra es capaz de trascenderlo.


Es el hombre, con su reflexión sobre el mundo, el que aporta a éste la belleza. Sin la idea de Belleza, el mundo no es sino una sucesión de procesos biológicos. La belleza del mundo no es sino la idea de Belleza que se halla en el interior del ser humano y que éste proyecta sobre lo que ve.


Esa idea procede de otra parte. No surge del agua, ni de los astros ni de las rosas, sino de lo más profundo del hombre. Procede del recuerdo.


A partir de la contemplación de lo que acontece a su alrededor, el ser humano piensa, siente, habla. La estrella sin la palabra “estrella” no es nada. La rosa sin la palabra “rosa” es sólo un proceso abocado a la putrefacción.


La belleza del mundo no está en el mundo sino en el corazón del hombre que lo ve, que lo piensa y que, reflexionando sobre ello, proyecta en lo que ve el recuerdo del lugar de donde procede, de la Belleza de la que procede y de la que ha sido exiliado.

La belleza que observa el hombre en el mundo no es sino la evocación de la Belleza a la que pertenece y a la que ansía regresar.


A través de la palabra, a través de la Poesía, el ser humano ha intentado expresar esos atisbos de la Belleza olvidada. Ha intentado explicarse a sí mismo que hay algo más, que este mundo no es su patria.

martes, 22 de octubre de 2013

La Música




El silencio de los claustros tiene una profundidad distinta a la de otros silencios. En el silencio de los claustros se escucha algo. Se escucha el rumor de una piedra que ya no es sólo piedra. Una piedra que fue trabajada por la mano del hombre para dotarla de significado, una piedra por la que después, durante siglos, las siluetas de los monjes han paseado rezando y meditando. Una piedra en la que se ha filtrado el eco de los cánticos litúrgicos.

En el profundo silencio de los claustros se escucha el eco de las oraciones y de los cantos.
El eco de las voces de los monjes que rezan cantando.


En pocos sitios como en esos claustros solitarios, de piedra desgastada, puede el hombre escuchar la voz de Dios.

Hay que pasar en ellos el tiempo suficiente como para empezar a distinguir, en ese silencio profundo, el eco de los cánticos. Y después, en el canto, otra voz, que no es exactamente un sonido ni un silencio, que es como un aleteo, como un temblor, algo que no se puede describir pero que se reconoce cuando se oye.

La voz de Dios, que estremece y transfigura al que la escucha.


En las palabras salmodiadas por los coros; en la vibración de los tubos de los órganos; en la emoción de las cantatas… Más allá del sonido y el silencio, cuando se atiende el tiempo suficiente, puede empezar a escucharse otra cosa, que no es ni sonido ni silencio. La voz de Dios, que, a través de esa música compuesta para hablar con Él, consigue entablar comunicación con el hombre.


A través de esa música, la voz de Dios penetra en el corazón del ser humano como la lluvia que empapa la tierra.

Es una voz que se expresa sin ruido, como un estremecimiento que alcanza lo más íntimo. Sin ruidos, revela misterios, manifiesta lo oculto, ilumina.

En esos claustros resuena interminablemente la voz de Dios, filtrada en la piedra gastada.


Cada vez que se destruye uno de esos claustros, cada vez que uno de esos claustros es demolido o transformado en otra cosa, en algo para lo que no fueron construidos, cerramos un canal de comunicación con Dios.


No parece que a nadie le preocupe. Pero no hay lugares equivalentes a ésos, lugares en los que el silencio sea tan profundo que pueda escucharse a Dios. No hay música como la que durante siglos sonó entre esas piedras, en las capillas aledañas, en los coros cercanos. Músicas compuestas para hablar con Dios, músicas interpretadas para que Dios escuche al hombre, para que Dios responda.

Dios respondió, y su respuesta sigue resonando, sin sonido, en esos claustros solitarios. Pero el hombre moderno va demasiado deprisa, hace demasiado ruido. Para entender la música sagrada hace falta escuchar mucho tiempo. Aprender a escuchar no sólo la melodía sino también el silencio. Aprender a escuchar las piedras y las sombras.


En esas piedras desgastadas habita la voz de Dios. Son un vehículo para entrar en contacto con la divinidad. Ya nadie sabe interpretar las figuras de sus capiteles. Ya nadie se para el tiempo suficiente como para que el silencio adquiera significado. Convertidos en hoteles o en salas de exposiciones, esos claustros, en el silencio profundo de cuyas piedras se había filtrado la voz de Dios, van enmudeciendo para siempre…