martes, 21 de agosto de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 4. Resúmenes. III. De la existencia de otro poder, el Mal



Puesto que Dios no es poderoso en el mal, ya que no tiene poder para hacer aparecer el mal, debemos creer que hay otro principio que es poderoso en el mal.
De él provienen todos los males que han sido, que son y que serán.


Es de él de quien seguramente David ha querido hablar, cuando dice: "¿Por qué te glorificas en tu malicia, tú que sólo eres poderoso para cometer iniquidad? Tu lengua ha meditado la injusticia durante todo el día; has introducido, como un cuchillo afilado, tu engaño. Has amado más la malicia que la bondad, y has preferido un leguaje de iniquidad al de la justicia" (Sal., LI, 3-5).
El profeta Daniel dice: "Y como miraba atentamente, vi que este cuerno hacía guerra contra los santos y tenía ventaja sobre ellos, hasta que el Anciano de los Días apareció". (Da., VII, 21-22). Y dice también: "Tras ellos se levantará otro que… hablará insolentemente contra el Altísimo, quebrantará a los santos del Altísimo, y pensará mudar los tiempos y la ley" (Da., VII, 24-25). Y de nuevo: "Elevó su gran cuerno hasta los ejércitos del cielo e hizo caer a los más fuertes y a aquéllos que eran como estrellas... y los holló. Se elevó incluso hasta el príncipe de la fortaleza y le quitó su sacrificio perpetuo y deshonró el lugar de su santuario" (Da., VIII, 9-11).
Y San Juan dice en el Apocalipsis: "Otro prodigio apareció también en el cielo: un gran dragón rojo que tenía siete cabezas y diez cuernos y siete diademas sobre sus siete cabezas. Arrastraba con su cola la tercera parte de las estrellas del cielo y las hizo caer sobre la tierra" (Apoc., XII, 3-4); "el gran dragón, esta antigua serpiente que es llamada Diablo y Satán, sedujo a todo el mundo" (Apoc., XII, 9).


Ante semejantes testimonios parece cosa imposible que este Poderoso, así como su poder o fuerza, hayan sido creados por el Señor verdadero Dios, puesto que obra cada día muy malignamente contra Él, y porque este Dios, el nuestro, se esfuerza vigorosamente por combatirlo. Lo que no haría el verdadero Dios si el mal procediese de Él.


Es por lo que hay que creer que existe otro Principio, el del Mal, que es poderoso en iniquidad, del que fluyen el de Satanás, el de las tinieblas y el de todas las dominaciones que se oponen al verdadero Dios.

lunes, 20 de agosto de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 4. Resúmenes. II. De la omnipotencia de Dios



Aun cuando en los testimonios de las Santas Escrituras el Señor verdadero Dios es llamado todo-poderoso, no hay que creer que es llamado así porque pueda hacer -y haga- todos los males, ya que el Señor no puede -y no podrá jamás- hacer el mal, como se lo dice el apóstol a los Hebreos: "Es imposible que Dios mienta" (Heb., VI, 18); y el mismo apóstol declara en la segunda epístola a Timoteo: "Si nosotros le somos infieles, Él no dejará de ser fiel; puesto que Él no puede renunciar a Sí mismo" (2 Ti., II, 13).


Y si se nos objeta: "El Señor verdadero Dios es todopoderoso porque, no solamente puede hacer -y hace- todos los bienes, sino también porque podría hacer todos los males, incluso mentir y destruirse a sí mismo, si quisiera, pero no quiere"; la respuesta es fácil:

Dios no puede hacer el mal.


El poder de hacer el mal no pertenece al verdadero Señor Dios. La razón es que todo atributo de Dios es Dios mismo, porque Él no está compuesto y no comporta en manera alguna "accidentes". En consecuencia, es necesario que Dios y su voluntad sean una misma cosa.

El Dios bueno no es calificado de todopoderoso porque podría hacer todos los males que han sido y que son y que serán, sino que es todopoderoso en lo que concierne a todos los bienes que han sido y que son y que serán. Él es la causa absoluta y el principio de todo bien, pero no es nunca, de ninguna de las maneras, causa de mal.


En cuanto al argumento que consiste en decir que "si no lo hace es porque no lo quiere", no tiene ningún valor, puesto que Él mismo y su voluntad son uno.

viernes, 17 de agosto de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 4. Resúmenes. I. Del Creador




Nuestro Señor Dios no es el creador y autor de los elementos de este mundo impotentes y vacíos de los que se habla en la epístola a los Gálatas: "¿Cómo os volvéis hacia los elementos impotentes y vacíos bajo los cuales queréis estar en esclavitud?" (Gál., IV, 9).


El apóstol dice, además, a los Colosenses: "Si, muriendo con Jesucristo, estáis muertos a estos groseros elementos dados al mundo, ¿cómo os dejáis imponer leyes, como si vivierais en este primer estadio del mundo?..." (Col., II, 20-22).


Y aún menos podemos admitir que nuestro Señor sea el creador y autor de la muerte, y de cosas que son por esencia en la muerte, porque, como está escrito en el Libro de la Sabiduría: "Dios no ha hecho de ningún modo la muerte" (Sab., I, 13).


Luego entonces, y sin lugar a dudas, existe otro creador o "factor", que es principio y causa de la muerte, de la perdición y de todo mal.

 

sábado, 11 de agosto de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 3. Signos universales



Donde se niega que por "todo" y por los otros términos "universales" haya que entender a la vez, los bienes y los males.


Los signos universales del Bien

En la primera epístola a Timoteo el apóstol nos dice: "Porque todo lo que Dios ha creado es bueno" (1 Ti., IV, 4).
El Eclesiastés dice igualmente: "Todo lo que Dios ha hecho es bueno" (Ec., III, 11).
Está escrito en el libro de la Sabiduría: "¡Cuán amables son sus obras!"
Y en los Salmos de David: "Qué grandes y excelentes son tus obras, Señor" (Sal., CIII, 24).
El apóstol dice a los romanos: "Todas las cosas son puras" (Ro., XIV, 2), y: "Todo es puro para aquellos que son puros" (Ti., I, 15).

Los signos universales precitados sólo se aplican a lo que es bueno, muy puro y que debe durar hasta el fin de los siglos. Es del todo imposible que se pueda designar con estos "universales" a los bienes y los males a la vez, y a las cosas transitorias y las permanentes.


Los signos universales del Mal

Se lee en el Eclesiastés: "Vanidad de vanidades y todo vanidad" (Ec., I, 2); y en otro sitio: "He visto todo lo que se hace bajo el sol y he hallado que todo era vanidad y aflicción de espíritu" (Ec., I, 14); y también: "Todas las cosas tienen su tiempo, y todo pasa bajo el cielo luego del término que le ha sido prescrito. Hay tiempo de nacer, hay tiempo de morir" (Ec., III, 1-2); y esto además: "Todo es vanidad y todo tiende a un mismo lugar. Han sido todos ellos sacados de la tierra, y tornarán todos a la tierra" (Ec., III, 19-20); y, por último: "Es por lo que la vida se me ha vuelto aburrida, considerando que toda clase de males existen bajo el sol, y que todo es vanidad y aflicción de espíritu" (Ec., II, 17).
El apóstol dice a los Colosenses: "Si muriendo con Jesucristo estáis muertos a estas groseras instrucciones dadas al mundo, ¿cómo os dejáis imponeros leyes como si vivierais en este primer estado del mundo? No comas tal cosa, no pruebes esto, no toques aquello. No obstante son cosas que se consumen todas por el uso." (Col., II, 20-22).
El mismo apóstol dice a los Filipenses: "Todas estas cosas que yo consideraba ventajosas, las he mirado como una pura pérdida a causa de Jesucristo. Digo más: todo me parece una pérdida cuando lo comparo con el bien tan excelente del conocimiento de Jesucristo, mi Señor, por el amor a quien he tenido a bien perder todas las cosas, mirándolas como a basura, a fin de ganar a Jesucristo." (Flp., III, 4-8).
En el evangelio de San Mateo, Cristo dice al escriba: "Si quieres ser perfecto ve a vender todo lo que tienes" (Mt., XIX, 21); lo que significa: abandona todo lo que tienes carnalmente, según la ley. De ahí el fragmento siguiente: "Entonces Pedro, tomando la palabra dijo: Tú ves que nosotros hemos dejado todo y que te hemos seguido" (Mt., XIX, 27).
Y San Juan, en la primera epístola: "No améis ni el mundo, ni lo que está en el mundo; si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Ya que todo lo que está en el mundo es, o concupiscencia de la carne, o concupiscencia de los ojos, u orgullo de la vida; lo que no viene de ninguna manera del Padre sino del mundo" (1 Jn, II, 15-16).

Estos términos responden a todo aquello que está por reconciliar con Dios, por restaurar, por concluir, por vivificar mediante la acción del Señor verdadero Dios y de su Hijo Jesucristo.

Se debe ver claramente que estos términos universales que designan las cosas malas, vanas, transitorias no son del mismo género que los otros términos universales correspondientes a las cosas buenas, puras, deseables y que durarán hasta el final de los siglos.

Unas y otras no participan de la misma esencia, y no pueden de ninguna manera entrar en una misma universalidad -puesto que se destruyen mutuamente y se combaten- ni proceder de una misma causa.

El profeta Daniel dice a propósito de Nabucodonosor, rey de Babilonia: "Y, después de su reinado, cuando las iniquidades se hayan acrecentado, se elevará un rey que tendrá la impudicia en la frente, que entenderá las parábolas y los enigmas. Su poder se establecerá, y hará un extraño estrago, y triunfará en todo aquello que haya emprendido. Hará morir tal como le plazca a los más fuertes del pueblo de los santos. Llevará con éxito todos sus artificios y todos sus engaños; su corazón se envanecerá cada vez más y, viéndose colmado con toda clase de prosperidades, hará morir a muchos. Se levantará contra el príncipe de los príncipes" (Da., VIII, 23-25).
Job se expresa así: "Las casas de los ladrones públicos están en la abundancia, y se elevan audazmente contra Dios" (Job XII, 6).


Que la totalidad de los bienes y la totalidad de los males no proceden de una sola y misma causa

Luego entonces es evidente que los términos universales: Omnia (toda cosa), Universa (el conjunto de las cosas), Cuncta (todas las cosas juntas), y los otros términos del mismo género que se encuentran en las Escrituras santas, no incluyen a la vez el bien y el mal, la pureza y la impudicia, lo transitorio y lo permanente; por la razón esencial de que bien y mal son absolutamente opuestos y contrarios, y no pueden provenir de una misma causa.

En efecto, Jesús, hijo de Syrac, dice: "El bien es contrario al mal, la vida a la muerte; así el pecador es contrario al justo. Considerad de esta manera todas las obras del Altísimo" (Ec., XXXIII, 15).
Pablo dice en la segunda Epístola a los Corintios: "¿Qué unión puede haber entre la justicia y la iniquidad? ¿Y qué comercio entre la luz y las tinieblas? ¿Qué acuerdo entre Jesucristo y Belial? o ¿Qué sociedad entre el fiel y el infiel? y ¿Qué relación entre el templo de Dios y los ídolos?" (2, Co., VI, 14-16).

Lo que equivale a decir: la justicia y la iniquidad no participan de la misma esencia, ni la luz y las tinieblas; Cristo no puede de ninguna manera entenderse con Belial; y hay que buscar la explicación a su oposición en el hecho de que las cosas enemigas y contrarias no tienen la misma causa. Ya que si fuera de otra manera: si la justicia y la iniquidad, la luz y las tinieblas, Cristo y Belial, el fiel y el infiel, procediesen de la causa suprema de todos los bienes, participarían todos de la misma naturaleza, se acoplarían en lugar de destruirse mutuamente, como es evidente que lo hacen el bien y el mal cada día según lo antedicho: "El mal es el contrario del bien y la muerte de la vida".

Es preciso concluir por todo lo que precede que existe otro principio, el principio del Mal, que es causa y origen de toda iniquidad, de toda impudicia, de toda infidelidad, y también de todas las tinieblas. Si no fuera así, el verdadero Dios, que es la Pureza suprema, debería ser considerado como la causa absoluta y el principio de todo el Mal. Todas las oposiciones, todas las contrariedades emanarían de Él. Lo que sería muy loco sostener.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 2. La Creación



El Señor ha dicho por boca de Isaías: "Yo soy el Señor y no hay ningún otro. Soy yo quien forma la luz y quien forma las tinieblas" (Isa., XLV, 6-7).

Hay que entender esta autoridad como que significa: No hay otro Señor sino yo que forme la luz: es decir: que forme a Cristo quien es la verdadera luz "que ilumina a todo hombre que viene a este mundo", como lo dice San Juan en el Evangelio (Jn., I, 9), y que "forme" las tinieblas: es decir: que, al iluminar este mundo, separe la luz de la tiniebla, como se ha dicho en el Evangelio: "Este pueblo que moraba en las tinieblas ha visto una gran luz" (Mt., IV, 16; Isa. IX, 2); y en la Epístola a los Efesios: "Pues no erais antes sino tinieblas, pero ahora sois luz en nuestro Señor: portaos como hijos de la luz" (Ef., V, 8).

He aquí en qué sentido se ha dicho en las Escrituras que el Señor ha creado las tinieblas y el mal.


Pero, si no existiese un Mal del que no es Dios la causa esencial y directa, sería Él, este verdadero Dios, la causa profunda y el principio de todo mal. Lo que es absurdo pensarlo del verdadero Dios.


Es absolutamente imposible creer que el Señor verdadero Dios haya creado las tinieblas y el mal a partir de la nada, como nuestros adversarios creen, aun cuando Juan les hubo afirmado en la primera epístola: "Que Dios es la luz misma y que no hay en Él nada de tinieblas" (2 Jn, I, 5), y que en consecuencia, las tinieblas no existen en modo alguno por Él.

Por lo tanto las tinieblas deben ser exceptuadas del término universal que emplea el apóstol en la epístola a los romanos: "Ya que todo es de Él, todo es por Él, y todo es en Él" (Ro., XI, 36).


Es por lo que Cristo puede decir de sí mismo: "Yo soy la luz del mundo. Aquél que me sigue no camina, de ningún modo, en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn., VIII, 12).

Ya que las tinieblas no han sido de ninguna manera creadas por nuestro Señor el verdadero Dios y su Hijo Jesucristo, sino que eran una realidad preexistente.

lunes, 30 de julio de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 1. Tratado del Libre Arbitrio (VI)



La teoría de maestro Guillermo

Dice el maestro Guillermo:
“Los ángeles no fueron creados perfectos, en su origen, porque no le fue posible a Dios darles la perfección. Dios, en efecto, no ha podido jamás -y no puede- crear un ser absolutamente igual a él; aun cuando sea calificado de todopoderoso, esto es, evidentemente, algo que no puede hacer. Luego, en la medida en que los ángeles no poseían toda la belleza y toda la grandeza de Dios, es decir, en lo que ellos no le eran exactamente iguales, han podido desfallecer ansiando esta belleza y esta grandeza. ¿No se ha dicho de Lucifer, en Isaías: "Emplazaré mi trono al costado de Aquilón y seré parecido al Altísimo"? (Isa., XIX, 13-14). A partir de ahí se podría mantener que no es razonable reprocharle a Dios no haber creado a sus ángeles perfectos (es decir: de una perfección tal que no pudieran codiciar la belleza y la grandeza de Dios), puesto que eso le era imposible”.


Sin embargo, esta teoría es refutable:
Si no podemos reprochar a Dios el no haber hecho a los ángeles de tal manera que les fuera imposible codiciar su grandeza y belleza, siendo que no podía hacerlos iguales a él, con mayor razón no podemos hacer responsables a los ángeles de lo que no han podido evitar, el caer en esta codicia, puesto que tenía por causa las disposiciones que ellos tenían de su creador, el cual no les había podido hacer bastante perfectos como para que no deseasen su belleza y su grandeza.

Es más:
Si Dios no ha podido dar a sus ángeles una perfección suficiente para que no desearan su grandeza y se volvieran así demonios por efecto de esta codicia; y si los ángeles tampoco han podido evitar de ninguna manera caer en este mal, se deduce necesariamente -según los discípulos del maestro Guillermo- que todos los ángeles y hasta los hombres -aquellos que están ahora salvos- deberían ansiar siempre la grandeza y la belleza de Dios, pecar siempre contra él en base a esta concupiscencia misma y por ella hacerse obligatoriamente demonios, como los ángeles caídos lo han llegado a ser, en efecto, a lo que ellos dicen. Y ello por la razón esencial de que Dios no ha podido, no puede ni podrá nunca hacer que su criatura sea igual que él.

Además nos dicen:
Los elegidos no pueden envidiar ni pecar de esta manera porque han sido instruídos y vueltos prudentes y sutiles por el castigo infligido a los otros ángeles, transformados en demonios a causa de la concupiscencia.


Nosotros responderemos:
En ese caso, Dios, del que se ha dicho anteriormente que era bueno, santo y justo, sería la causa verdadera y el principio del castigo y de la desgracia de todos los ángeles, puesto que él les habría infligido, sin razón ni justicia, penas eternas. Y todo eso porque ha sido incapaz de crearles de una tal perfección como para que no desearan su belleza y su grandeza, y porque los primeros ángeles no han podido evitar el mal, por el hecho de que habían sido creados antes que los otros ángeles, que fueron alertados por el espectáculo de su castigo y de su caída. Luego esos que se volvieron demonios -como la mayoría sostiene- no pudieron ser instruidos ni esclarecidos por nadie, puesto que ningún ángel había sido creado antes que ellos. Por lo tanto podrían quejarse con todo derecho de un creador así, que les ha infligido penas innumerables porque no había podido crearles tan perfectos como para que no envidiasen su belleza y su grandeza, y porque a causa de su naturaleza misma no habían podido evitar caer en la concupiscencia.

Nos preguntamos con extrañeza cómo se le ha podido ocurrir a un hombre prudente mantener que Dios -que es bueno, santo y justo- ha creído deber reprobar para siempre a estos ángeles e infligirles un suplicio eterno, porque no había podido darles bastante perfección para que no envidiasen en nada su belleza y su grandeza, y porque ellos mismos no habían podido recibir de él esta perfección.

Se me objetará quizás esto:
Aun cuando Dios no ha podido hacer a sus ángeles iguales a Él, no obstante, si lo hubiera querido, habría podido darles, al menos, bastante perfección como para que nunca tuvieran envidia de su belleza. Pero Él no lo ha querido: ellos han recibido de Él el libre arbitrio (es decir: el poder de codiciar o de no codiciar, a su gusto, su belleza y su grandeza).


Hay que reponder que este argumento contradice el precedente, a saber:
Está claro, según esta teoría, que Dios no ha querido hacer a sus ángeles de modo que no pudieran desear su belleza y su grandeza, sino que por el contrario, a sabiendas y deliberadamente, les ha creado -atribuyéndoles todas las causas por las cuales preveía que pecarían en el futuro- en un grado tal de imperfección que no podían evitar de ninguna manera la concupiscencia. Y eso con mayor razón porque en el pensamiento divino todas las causas le son conocidas desde el principio, por las cuales era preciso que la concupiscencia se manifestase un día.

Es por lo tanto evidente para los prudentes que Dios -según la teoría de nuestros adversarios- no podría encontrar excusa razonable al hecho de que no solamente no ha querido preservar a sus ángeles del Mal, sino que además les ha creado -a sabiendas y voluntariamente- en una imperfección tal que les habría sido imposible, por toda la eternidad, no envidiar su belleza y su grandeza.

Y es por esto por lo que hay que convencerse de que los ángeles no han recibido de Dios, nunca, el libre arbitrio por el cual hubieran podido evitar completamente la concupiscencia, y sobre todo, que no lo han recibido de este Dios que -si se cree, como nuestros adversarios, que sólo hay un principio único- es la causa suprema de todas las causas.

Si se acepta, en efecto, su teoría, hay que admitir forzosamente que la causa esencial de todo mal es este Dios, puesto que está escrito: "Aquél que es ocasión del perjuicio pasa por haberlo causado".

Es absolutamente imposible pensar eso del verdadero Dios.

sábado, 21 de julio de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 1. Tratado del Libre Arbitrio (V)



Donde se prueba que no existe el libre arbitrio.


No se comprende verdaderamente cómo ángeles creados buenos hayan podido odiar la bondad semejante a ellos y que existía desde la eternidad, así como a la causa de esta bondad, para empezar a querer el Mal, que aún no existía, y que es todo lo contrario del Bien.
Y todo eso sin ninguna causa, ya que, según nuestros contrincantes, no había causa del mal.
La opinión de nuestros detractores es inadmisible.

Parece evidente que los ángeles habrían tenido que escoger el Bien semejante a ellos y existente desde la eternidad, antes que rechazar el Bien para escoger el mal que no tenía por entonces ninguna existencia y cuya causa misma no existía -según la fe de nuestros adversarios- aún cuando sea muy difícil admitir que cosa alguna pueda comenzar sin causa:
¿No está escrito: "Lo que ha tomando comienzo es imposible que no tenga ninguna causa?" y también: "Todo aquello que pasa de la potencia al acto tiene necesidad de una causa para pasar a dicho acto"?

En la hipótesis de nuestros adversarios, lo que posee existencia, y la causa de esta existencia, a saber, el Bien, habría tenido menos acción sobre los ángeles que lo que no poseía la existencia, y su causa, a saber, el Mal, que no existía tampoco, y eso en oposición a lo que dicen los filósofos:
"Es preciso que una cosa exista antes para que pueda actuar."

De ello se infiere la existencia de otro Principio, el Principio del Mal, que es la causa y origen de la corrupción de los ángeles, y de todos los males.


Los ángeles no han tenido libre albedrío


Si es cierto que sin el libre albedrío los ángeles no hubieran podido pecar, está claro que Dios no se lo habría concedido, puesto que Él sabía que con el libre albedrío Su Reino sería corrompido.
Y, si Dios se lo hubiera concedido, habría que imputar, necesariamente, a este Dios, "que está por encima de toda alabanza", la corrupción de sus ángeles.

¿Cómo se puede mantener que los ángeles hubieran podido hacer siempre y únicamente el bien, si, en la providencia divina, que conoce enteramente el futuro, ellos estaban abocados al mal?

Si aceptamos a ese Dios de nuestros detractores que prevé el futuro, y en quien todas las causas según las cuales es imposible que el futuro no sea futuro, son conocidas desde la eternidad por su sabiduría, en fin, del que proceden necesariamente todas las cosas desde la eternidad, resulta manifiestamente falso que los ángeles hubieran podido evitar el mal.

Si aceptamos a ese Dios que tiene conocimiento absoluto del futuro, que conoce en su pensamiento todas las causas por las cuales, desde la eternidad, es imposible que el futuro no sea el futuro, por su sabiduría de donde procede necesariamente y eternamente todo lo que existe, resulta falso que los ángeles hayan podido tener la libre facultad de poder, de querer, de discernir y de hacer el bien todo el tiempo, puesto que este Dios conocía y preveía infaliblemente el destino de todos sus ángeles, incluso antes de que fueran creados.

Es imposible que los ángeles buenos hayan podido odiar el Bien y desear el Mal sin razón suficiente; nada puede suceder sin causa. Entonces es preciso que en Dios los ángeles llegasen a ser demonios, porque en su Providencia eterna existían todas las causas capaces de conducirles a su decadencia futura.
Sin ninguna duda, es imposible, en el pensamiento divino, que pudieran permanecer buenos para siempre.
Sólo los hombre que ignoran el futuro y la realidad de las cosas pueden decir entre ellos que los ángeles han tenido la opción de hacer el Bien o el Mal.
Los ángeles no han tenido la libertad de hacer siempre el Bien o siempre el Mal, sino que necesariamente tenían que degenerar.

Por tanto, si se siguiese la teoría del Principio único, se habría de admitir que los ángeles han recibido de Dios las disposiciones que debían llevarlos al Mal.
Y esto sería una conclusión muy loca e impía.