viernes, 20 de julio de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 1. Tratado del Libre Arbitrio (IV)



Es preciso eliminar la noción del libre albedrío


El Mal, si se encuentra en el pueblo de Dios, no proviene del verdadero Dios. No es Dios quien le ha hecho existir, no es Dios su causa.
Jamás el mal habría podido surgir espontáneamente de la criatura del Dios bueno, si no hubiera habido una causa del mal.

El Señor ha dicho en el evangelio de San Mateo: "El reino de los cielos es parecido a un hombre que había sembrado buen grano en su campo. Pero mientras dormía, su enemigo vino a sembrar cizaña entre el trigo y se fue" (Mt., XIII, 24-25).

Y el Señor mismo por boca de su profeta Joël: "Un Pueblo fuerte e innumerable acaba de embestir sobre mi tierra. Sus dientes son como los dientes de un león. Ha reducido mi viña a un desierto, ha arrancado la corteza de mis higueras, las ha despojado de todos sus higos, los ha tirado por tierra y sus ramas han quedado todas secas y desnudas" (Joe., I, 6-7).

La iniquidad, la "cizaña", la "mancillación del santo templo de Dios" y la "devastación" de su viña, no pueden de ninguna manera provenir del Dios bueno ni de su creación buena, la cual depende de él en todas sus disposiciones.

Se deduce entonces que hay otro principio -el principio del Mal- que es la causa y la fuente de toda iniquidad.


De la objeción que nos hacen nuestros adversarios, a saber: Que Dios no ha querido crear a sus ángeles perfectos


Si se mantiene que Dios ha querido crear a sus ángeles tales que tengan la facultad de hacer, a elección suya, el Bien o el Mal, a causa de la naturaleza misma que el Señor les habría dado, en ese caso este Dios sería la causa y el principio de este Mal.

Lo que es imposible de admitir y vano de sostener.


viernes, 13 de julio de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 1. Tratado del Libre Arbitrio (III)



Del origen del Mal o del Principio malo

Por esto es por lo que necesariamente tenemos que reconocer que existe otro Principio, el Principio del Mal, que obra malignamente contra el verdadero Dios, y que anima a la criatura contra su Dios.


En esta situación, el verdadero Dios sufre:
"Vuestras iniquidades se han hecho una pena insoportable" (Isaías, XLIII, 24).
"Estoy cansado de sufrirles" (Isaías, I, 14).
"Vosotros habéis hecho sufrir al Señor" (Malaquías II, 17).

De la acción que el Príncipe malo ejerce sobre Dios, el Señor mismo dice en el libro de Job, dirigiéndose a Satanás: "Tú me has llevado a levantarme contra él, para que yo me aflija, sin que él lo merezca" (Job., II, 3).

Y por boca de Ezequiel: "Ellas han destruido la verdad de mi palabra en el espíritu de mi pueblo por un puñado de cebada y por un trozo de pan, matando las almas que estaban vivas" (Eze., XIII, 18-19).

Y por boca de Isaías: "He llamado, y no habéis contestado; he hablado y no me habéis escuchado; habéis hecho el mal delante de mis ojos y habéis querido todo aquello que yo no quería" (Isa. LXV, 12).

Si no hubiera más que un Principio, santo y bueno, como lo es el Señor verdadero Dios, no se infligiría a sí mismo tristeza, aflicción y dolor, no soportaría el castigo de sus propias acciones; no sufriría, no se arrepentiría, no tendría necesidad de ser ayudado, no estaría esclavizado por los pecados de otro; no desearía nada y no tendría necesidad de querer apresurar lo que es demasiado lento en realizarse: Nada podría ser obstáculo a su voluntad; no podría ser conmovido ni contrariado por nadie. Nada existiría que pudiera afligirle. Sino que, si no existiera más que un solo Principio, santo y bueno, como, en su dominio, es nuestro verdadero Dios, todo le obedecería por una necesidad absoluta, sobre todo en tanto y cuanto que es por Él, en Él y para Él, como todas las cosas subsistirían, en todas sus disposiciones.


Es posible al hombre servir a Dios


Dios puede ser ayudado por sus criaturas.
Nos es posible servirle realizando los designios que Él mismo desea mantener a través nuestro.
Servimos a Dios cuando cumplimos su voluntad, y recibimos socorro de Él.

Dice Santiago en su epístola: "Toda gracia excelente y todo don perfecto viene de lo alto y desciende del Padre de las luces" (Snt., XI, 17).

Y David: "Si el Señor no construye una casa, es vano que trabajen aquellos que la construyen. Si el Señor no guarda una villa, es vano que la cuide aquel que la guarda" (Sal., CXXVI, 1-2).

En las parábolas de Salomón: "Es el Señor quien endereza los pasos del hombre; ¿Y qué hombre puede comprender la vía por la que camina?" (Pr., XX, 24).

En el evangelio de Lucas, Cristo dice: "Haced esfuerzos por entrar por la puerta estrecha" (Lu., XII, 24).

Y en el evangelio de Juan dice Cristo también: "Yo soy la Vía, la Verdad y la Vida: nadie va al Padre sino por mí" (Jn., XIV, 5).


lunes, 9 de julio de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 1. Tratado del Libre Arbitrio (II)




Del libre arbitrio de los ángeles

Nuestros adversarios dirán: Dios, si hubiera querido, habría creado a sus ángeles en tal perfección que no habrían podido, en ningún grado, hacer el mal. Porque conoce todo en toda la eternidad, porque es todopoderoso, porque su omnipotencia no está obstaculizada por ningún otro poder.

Sin embargo, nos dicen, Dios ha creado a sus ángeles de tal manera que puedan, a su gusto, hacer el bien o el mal, y llaman a esto libre albedrío.

Así, afirman ellos, Dios podrá justamente y con razón dar a sus ángeles la gloria o el castigo, es decir: glorificar a los unos porque habiendo podido hacer el mal no lo han hecho, y castigar a los otros porque habiendo podido hacer el bien no lo han hecho.

Si Dios hubiera creado a sus ángeles de una perfección tal que no hubieran sido libres de hacer el mal, Dios no habría podido agradecerles su buen comportamiento, puesto que sólo habrían actuado por necesidad.


Refutación


Si Dios debe reconocimiento a un ser por un servicio que éste le presta, ello parece implicar que hay algo que a Dios le falta y escapa y se resiste a su voluntad, puesto que pide y desea tener aquello que no tiene y necesita.
"He tenido hambre y me habéis dado de comer; he tenido sed y me habéis dado de beber..." "Todas las veces que habéis hecho esto por uno de los más pequeños de mis hermanos, es a mí mismo a quien lo habéis hecho" (Mt., XXV, 40).
"¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como una gallina reúne a sus pequeños bajo sus alas, y tú no lo has querido!" (Mt., XXIII, 37).
"Vuestra impureza es execrable, porque he querido purificaros y vosotros no habéis abandonado vuestras basuras" (Eze., XXIV, 13).
De todos estos textos, parece resultar que la voluntad de Dios no está enteramente cumplida. Lo que sería imposible si no hubiera más que un Principio bueno y perfecto.

Y ésta es la razón por la cual podemos servir a Dios cuando asumimos su voluntad, es decir, cuando alejamos el hambre y los otros males de las criaturas.

Que ese supuesto Principio único pueda tener que soportar lo que no quiere soportar y que haya alguna cosa en el mundo capaz de apesadumbrarle y afligirle, a él o a los suyos, sólo sería posible si Él estuviera dividido contra Sí mismo, y fuera capaz de perjudicar a sus criaturas y a Sí mismo, es decir, hacer de buen grado, sin que ninguna realidad extraña le contraríe, lo que en el futuro sería perjudicial para Él y para los suyos y les aportaría aflicción y dolor.

Este Dios que según nuestros adversarios ha creado al hombre y a la mujer y a todos los seres, se nos muestra tal cual en el Génesis: "Estando transido de dolor hasta el fondo del corazón, dice: exterminaré de la superficie de la tierra al hombre que yo he creado; exterminaré todo, desde el hombre hasta los animales, desde aquello que se arrastra sobre la tierra hasta los pájaros del cielo, porque me arrepiento de haberlos creado" (Ge., VI, 6-7). Si no hubiera más que un solo Principio, santo y perfecto, jamás el verdadero Dios habría actuado de esta manera.

Sin duda, se puede interpretar tal texto como si significase: "Hay otro Principio, el del Mal, que aflige mi corazón por su acción maligna contra mis criaturas. Y es ese Principio malo quien me hace padecer por mis criaturas".

Pero, según la teoría del Principio único, no se puede interpretar más que de la siguiente manera: "Me arrepiento de haber creado a estos seres, es decir que en el futuro tendré que sufrir en Mí mismo y como un castigo el dolor de haberlos creado libremente."

Y a partir de ahí, hay que considerar, según la teoría de los que creen en un Principio único, que Dios se ha infligido a Sí mismo tristeza, dolor y aflicción, y tiene que soportar la pena de una falta que ha cometido sin haber sido obligado por voluntad extraña a la suya.


No se podría, sin impiedad, tener esa opinión del verdadero Dios.

martes, 3 de julio de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios. 1. Tratado del Libre Arbitrio (I)



Los dos principios.

O bien sólo hay un principio principal o hay más de uno.
Si no hay más que uno, es necesario que sea bueno o malo.
Como dijo Cristo en el Evangelio de San Mateo:
"Un buen árbol no puede dar mal fruto, ni un mal árbol darlo bueno". (Mt., VII, 17-18).
Y Santiago en su epístola:
"¿Una fuente, arroja por un mismo orificio agua dulce y agua amarga? ¿Una higuera puede dar uvas? Así, ninguna fuente de agua salada puede dar agua dulce". (Snt., III, 11-12).

De la bondad de Dios.

Dios es bueno, santo, sabio y justo. Bondad pura.

De la omnisciencia de Dios.

Afirman nuestros contrarios que el Señor, a causa de su sabiduría, conoce todas las cosas de toda la eternidad; que el pasado el presente y el futuro están siempre bajo sus ojos, y que sabe por sí mismo todas las cosas antes de que pasen.
Como dice Susana, en el libro de Daniel: "Dios eterno, que penetra en lo que está más escondido y que conoce todas las cosas, incluso antes de que estén hechas" (Da., XIII, 42).
Y Jesús, hijo de Sirac, dice también: "Puesto que el Señor, nuestro Dios, conocía todas las cosas del mundo antes que las hubiera creado, y las ve también ahora que las ha hecho" (Ec., XXIII, 29).
Y el apóstol dice a los Hebreos: "Ninguna criatura le es desconocida: todo está al desnudo y al descubierto delante de sus ojos" (Heb., IV, 13).

De la omnipotencia de Dios.

Afirman nuestros contrarios que el Señor es todopoderoso, y hace todo lo que quiere. Nadie puede oponerse a él.
El Esclesiástico lo afirma: "Porque él hará todo lo que quiera. Su palabra está llena de poder y nadie puede decirle: "¿Por qué obras así?" (Ec., VII, 3-4).
David también lo dice: "Nuestro Dios está en el cielo; y todo lo que ha querido lo ha hecho" (Sal., CXIII, 2-3).
Y está escrito en el Apocalipsis: "Yo soy, dice el Señor Dios, ése que es, que era y que será, el Todo Poderoso" (Apoc., I, 8).


Primera oposición a nuestros contrarios.

Afirman nuestros contrarios que Dios lo puede todo y que sabe todas las cosas antes de que hayan tenido lugar.
Ha creado a sus ángeles como lo ha decidido, sin encontrar ningún obstáculo.
Conocía el destino de todos sus ángeles incluso antes de que ellos existieran.
La conversión de algunos de ellos en demonios estaba, ya desde antes de su creación, bajo la mirada y en el conocimiento de Dios.
Esos ángeles, pues, jamás han podido seguir siendo buenos, puesto que nadie, en presencia de este Dios que conoce todos los futuros, puede hacer nada más que lo que ha previsto que haga, desde el comienzo, Aquél en cuyas manos están necesariamente todas las cosas desde la eternidad.

De la imposibilidad.

Dios conoce todo, desde toda la eternidad.
Dios conoce desde el principio aquello que ha de llegar, es decir: las causas por las cuales el futuro es "posible" antes de existir.
Ha sido por tanto necesario que el porvenir fuera determinado en su pensamiento, puesto que conocía, desde la eternidad, todas las causas que son precisas para llevar el futuro a su efecto.
Si es cierto que no hay más que un principio, Dios es la causa suprema de todas las causas.
Y con mayor razón aún si es cierto que Dios hace lo que quiere y su poder no es obstaculizado por ningún otro.
Si Dios ha sabido desde el origen que sus ángeles llegarían a ser demonios en el futuro, en razón de la organización que él mismo les había dado en el principio, y porque todas las causas por las cuales era preciso que estos ángeles se transformasen en demonios estaban presentes en su providencia; si es cierto, por otra parte, que Dios no ha querido crearlos de otra manera que como los ha creado, resulta necesariamente que no han podido jamás evitar el llegar a ser demonios.
Y lo podían aún menos puesto que es imposible que lo que Dios sabe que será el futuro, pueda de alguna manera ser cambiado.
¿Como entonces se puede afirmar que los antedichos ángeles hubieran podido permanecer siempre buenos?
Dios desde el origen, a sabiendas y con todo conocimiento, ha creado a sus ángeles de una imperfección tal que no pudieron evitar el Mal.
Pero entonces este Dios de quien hemos dicho que era bueno, santo y justo y superior a toda alabanza, sería la causa suprema y el principio de todo mal.
Como esto no es posible, en consecuencia hay que reconocer la existencia de dos Principios: El del Bien y el del Mal, este último siendo la fuente y la causa de la imperfección de los ángeles como, por otra parte, de todo el mal.


Objeción a nuestros argumentos.

Se nos objetará que la sabiduría o la providencia que pertenecen a Dios en el principio no ha conllevado en sus criaturas ninguna determinación que las llevara a hacer el bien o a hacer el mal necesariamente:
Aun cuando haya conocido y previsto desde la eternidad el destino de sus ángeles, no es su sabiduría ni su providencia lo que les ha hecho llegar a ser unos demonios.
Es por su propio albedrío y por su maldad por lo que han rechazado permanecer santos.


Refutación de este argumento.

Si Dios ha sido la única causa de la existencia de todos sus ángeles, éstos tuvieron, entonces, desde el origen, la naturaleza y las inclinaciones que Dios les había dado: las tenían de Él solo, tal como Él había querido dárselas. Lo que ellos eran lo eran por Él, en toda su constitución. No poseían nada que hubieran recibido de otro que no fuera Él. Y Dios nunca había querido, en el origen, hacerlos de otra manera.
Que si Él hubiera querido crearlos de otra manera lo habría podido hacer sin la menor dificultad (si creemos a nuestros adversarios), dando a esta creación otro efecto.
Luego entonces parece evidente que Dios no ha querido, al comienzo, tener cuidado del perfeccionamiento de sus ángeles. En cambio, y con todo conocimiento, les ha asignado todas las causas por las cuales era necesario que llegasen a ser más tarde demonios.

Por esto no es cierto decir que la sabiduría y la providencia de Dios no han actuado -para llevar a los ángeles a transformarse en demonios- más que la "previsión" del hombre que desde su ventana sobre el camino ve la dirección que toma aquél que está en la calle, por la razón esencial de que el hombre que está en la calle no procede de aquél que está en la ventana ni ha recibido de éste su ser y su poder. Si le vinieran de él sus fuerzas, y absolutamente todas las causas que le determinan a recorrer necesariamente ese camino -como los ángeles, según la fe de nuestros contradictores, tienen las suyas de su Creador- no sería cierto decir que la previsión del "hombre de la ventana" no es lo que hace caminar al "hombre de la calle", como los ángeles no actúan más que por Dios.

Y así, razonablemente, nadie podría acusar a estos ángeles de pecado, puesto que no han podido hacer de otra manera que como han hecho, a causa de las disposiciones de su Señor.
A causa de la naturaleza que han recibido de su creador, los ángeles no habrían podido evitar caer en el mal, a causa de las disposiciones que desde el origen les habría dado Dios.

lunes, 2 de julio de 2012

Textos cátaros: El Libro de los Dos Principios



Pocos son los escritos cátaros que se conservan.


El texto más relevante, probablemente, es el Libro de los dos principios.

Del Liber de Duobus Principiis existe un único manuscrito, de finales del siglo XIII, que pertenece al fondo de los Conventi Soppressi de la Biblioteca Nacional de Florencia.
Fue publicado en 1.939:
Un tratado neo-maniqueo del siglo XII, el Libro de los dos principios, seguido de un fragmento del ritual cátaro, edición de A. Dondaine, O.P. Instituto Storico Domenicano, S. Sabina, Roma, 1939.


Está compuesto por siete tratados:


El primero, “El libre arbitrio”, niega la existencia del libre albedrío.

El segundo, “La creación”, y el tercero, “Signos Universales”, completan el primero, y entre los tres fundamentan la teoría acerca de la existencia de dos Principios.

El cuarto, “Resumen para servir de instrucción a los ignorantes”, expone la doctrina de los dualistas absolutos, tal y como la había sistematizado Jean de Lugio, aplicada a dos puntos concretos: la Creación y los dos Principios.

El quinto, “Contra los Garatenses”, es una pieza dirigida contra el dualismo mitigado de la iglesia de Concorezo.

El sexto tratado, titulado nuevamente “Del libre arbitrio”, recoge argumentos añadidos en contra de la existencia del mismo.

Finalmente, el séptimo, “Las persecuciones”, es una selección de citas destinadas a mostrar con la autoridad del Nuevo Testamento que los verdaderos cristianos han de esperar ser perseguidos.

 

miércoles, 20 de junio de 2012

Esto también es búsqueda



Sí, esto también es búsqueda:
La obra de los artistas; el mensaje de los textos; la dulzura de un instante; la calma de un lugar...



martes, 19 de junio de 2012