viernes, 30 de marzo de 2012

ADOPCIONISMO



Jesús fue sólo hombre, adoptado como “hijo” por la divinidad espiritual como instrumento para la salvación, ya que la divinidad no puede contaminarse con la materia.
Dios confirió a Jesús una potencia divina para que pudiera llevar a cabo su misión en el mundo.

Jesús era un ser humano, elevado a categoría divina por designio de Dios por su adopción, bien al ser concebido, o en algún momento a lo largo de su vida, o bien tras su muerte.


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Adopcionismo de los primeros siglos (siglos II-IV):


Para el judaísmo, el mesías es un ser humano elegido por Dios para llevar a cabo su obra: tomar a los hebreos (un pueblo derrotado repetidamente por enemigos demasiado poderosos) y situarlos sobre todas las naciones. El mesías no es el Hijo de Dios, sino un hombre escogido por Dios.
Por otra parte, en la tradición greco-romana existían héroes elevados a la condición divina después de extraordinarias proezas. Así, Heraclés, que después de haber sido quemado en una pira es recogido por Zeus para gobernar a su lado.
Consiguientemente, el adopcionismo era fácilmente aceptable para los primeros cristianos, y asimismo resultaba fácil identificarse con un héroe como Jesús, un ser humano como cualquiera que es elegido por la divinidad, y que en consecuencia daba esperanzas de salvación a los propios cristianos, tan humildes como su mesías.


Hacia el año 150, Hermas, hermano del papa Pío I, escribió El Pastor, texto en el afirmaba que Cristo era un hombre escogido (“adoptado”) por Dios, que le insufló el Espíritu Santo o potencia divina.


Algo más tarde, desarrolló esta tesis un rico curtidor de pieles, Teodoto de Bizancio.
Teodoto, influido por las corrientes ebionitas y gnósticas, sostuvo que Cristo era sólo un hombre común. Su condición divina la recibió al ser “adoptado” como Hijo de Dios durante el bautismo en el río Jordán (según otros adopcionistas ello habría ocurrido bien durante la concepción o bien después de su resurrección). El Logos (o Verbo) era una energía divina que entró en Cristo para poder éste llevar a término su misión mesiánica.
A pesar de que Teodoto fue excomulgado por el papa Víctor a finales del siglo II, formó en Roma una comunidad de seguidores, quienes, para argumentar sus teorías, recurrieron no sólo a las Sagradas Escrituras sino también al pensamiento de filósofos como Aristóteles, Platón y Euclides.


Otros importantes representantes de la herejía adopcionista fueron Pablo de Samosata, obispo de Antioquía (excomulgado en el año 268) y su discípulo Arrio, y el obispo de Sirmio, Fotino (excomulgado en el año 351).


La secta de Teodoto tuvo, a mediados del siglo III, su último representante en Artemón o Artemo, que enseñaba en Roma.


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Adopcionismo hispánico (siglo VIII):


En el siglo VIII reapareció el adopcionismo, reformulado por Elipando, arzobispo de Toledo (entonces bajo dominio mahometano) y por Félix, obispo de Urgel (entonces bajo dominio franco).

El adopcionismo de la Iglesia Española, preconizado por Elipando de Toledo y Félix de Urgel, tuvo un matiz muy distinto al de Teodoto.


El origen de “Hispanicus error”, como se le llamó, es impreciso.
El nestorianismo había sido una herejía oriental que parecía haberse extinguido en sus tierras de origen.
Pero la colonia nestoriana siria había encontrado refugio en el extremo occidental, en Al-Andalus.


La tesis de la “adopción” fue importada de Oriente a Occidente en el siglo VII por Teodisco, sucesor de San Isidoro en la sede de Sevilla.
Teodisco fue depuesto de su dignidad por afirmar que Jesucristo no era Dios con el Padre, sino Hijo adoptivo.


Asumió esta doctrina en el siglo VIII el monje Elipando. Siempre dedicado al estudio, recibió influencias de las corrientes religiosas sirias, que habían llegado a la península procedentes de África en la juventud de Elipando.
Elipando llegó a ser arzobispo de Toledo, y como tal combatió los intentos de Carlomagno de someter la Iglesia española a la franca.


Elipando distinguió entre Jesús como Dios y Jesús como hombre.
Afirmó la existencia de una doble naturaleza de Cristo, una divina y otra humana: como hombre, Cristo es solamente hijo adoptivo de Dios, pero como Dios es verdadero Hijo de Dios, habitando un cuerpo humano.
Señaló así Elipando una doble cualidad de hijo en Cristo: una por generación y otra por adopción. Cristo como Dios es desde luego el Hijo de Dios por generación, pero Cristo como hombre es Hijo de Dios sólo por adopción.
“Jesús el hombre” es el hijo adoptivo y no natural de Dios.


El primero en responder a la doctrina del metropolitano de Toledo fue el monje español Beato, abad de Santo Toribio de Liébana, que hacia 785 envió a Elipando un escrito titulado Apologeticus en el que le manifestaba sus dudas sobre la doctrina expuesta por éste.
Beato de Liébana, junto con el obispo de Osma y el Reino de Asturias fueron los más tempranos combatientes del adopcionismo.


Elipando convenció a Félix de Urgel, famoso por su sabiduría, y éste entró en la controversia como aliado de Elipando y se convirtió en líder del nuevo movimiento, que se llamó "Haeresis Feliciana".
Félix citaba innumerables textos de la escritura y encontraba en la literatura patrística y la liturgia mozárabe expresiones tales como “adoptio”, “homo adoptivus”, aplicados supuestamente a la Encarnación de Jesucristo.


Si el adopcionismo tuvo influencia en España durante décadas y se extendió por el sur de Francia, se debió a que la invasión islámica había anulado el control de Roma sobre la mayor parte de España y a que Carlomagno adoptó una postura conciliadora, puesto que, pese a su lealtad a Roma, no quería ganarse la enemistad de aquellas provincias.

Al estar la diócesis de Urgel en la Marca Hispánica - entonces bajo el dominio de Carlomagno -, la defensa del adopcionismo por parte de Félix hizo que la doctrina traspasara las fronteras y se convirtiera en una disputa de toda la Iglesia.


En 787 el papa Adriano I dirigió una carta a Elipando, llamándolo a que abandonara su herejía.
Al no lograr ningún resultado, en 792 el papa convocó, junto con Carlomagno - preocupado éste por la ruptura de la unidad del Imperio -, un concilio en Ratisbona.
Allí compareció Félix, quien expuso sus tesis, pero, tras largos debates, acabó retractándose de las mismas y condenando el adopcionismo.
Vuelto Félix a su sede en Urgel, incitado por Elipando, retomó el adopcionismo y se trasladó a Toledo, donde tenía mayor apoyo.
En vista de esa persistencia y de las cartas que Elipando había dirigido a muchos obispos germanos y franceses, en 794 Carlomagno, con el consentimiento del papa, convocó otro concilio general en Francfort.
En él Elipando expuso sus creencias sin ceder un ápice.
En 799 el papa León III convocó en Roma un sínodo que pronunció un anatema contra Félix.
Félix fue convocado nuevamente por Carlomagno en Aquisgrán, donde, después de haberle insistido varios obispos en la falsedad de su doctrina, con razones de la Sagrada Escritura, el prelado de Urgel renunció a ella.
El emperador le ordenó permanecer en Lyon bajo la vigilancia del obispo Leidrad, y acabó pareciendo que su conversión era genuina.
Sin embargo, a su muerte, Agobardo, el sucesor de Leidrad, encontró entre sus papeles una retractación definitiva de todos sus anteriores retractaciones.
Elipando, por su parte, murió sin abjurar de sus doctrinas.


El adopcionismo no sobrevivió mucho tiempo a sus autores.
Lo que Carlomagno no pudo por la diplomacia ni por los sínodos se consiguió gracias a sabios como Alcuino, que combatió con éxito las formulaciones adopcionistas en los tratados Adversus Elipandum Toletanum y Contra Felicem Urgellensem.


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Adopcionismo de Abelardo (siglo XII):


Abelardo consideró la humanidad de Cristo el hábito externo e instrumental del Verbo y negó la realidad sustancial del “hombre Cristo”. El “hombre Cristo” no podía ser llamado el verdadero Hijo de Dios.
¿Era un hijo adoptivo de Dios?
Abelardo rechazó toda relación con los adopcionistas, pero, una vez que su teoría se extendió más allá de Francia, a Italia y Alemania, su discípulos fueron menos cautelosos que su maestro.


Luitolfo defendía en Roma que “Cristo, como hombre, es hijo natural de hombre e hijo adoptivo de Dios”; y Folmar, en Alemania, llevó su postura hasta las consecuencias más extremas negando que Cristo como hombre debiera ser adorado.
El neo-adopcionismo de Abelardo fue condenado por Alejandro III en un documento de 1177: “Prohibimos bajo pena de anatema que alguien se atreva a afirmar que Cristo como hombre no es una realidad sustancial, porque, como es verdaderamente Dios, así es verdaderamente hombre”.

lunes, 19 de marzo de 2012

MARCIONISMO


Marción fue un comerciante de origen oriental, nacido hacia el año 100 en la ciudad de Sínope, en el Ponto (mar Negro).


Hacia el 140, convertido al cristianismo, se trasladó a Roma, donde vendió sus barcos y entregó a la Iglesia gran parte del dinero conseguido.
Marción se encontró en Roma con un maestro gnóstico llamado Kerdón, y de él recibió algunas enseñanzas.
Hacia el 144, Marción ya había desarrollado su propia concepción del cristianismo.
La expuso en público y no obtuvo gran aceptación. La comunidad de Roma lo excomulgó y le devolvió sus donaciones.


Entonces, con la ayuda de ese dinero, Marción fundó su propia Iglesia, la marcionita, que pronto fue una competencia real para el grupo mayoritario y que se extendió por diversas provincias del Imperio.


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El comienzo del sistema religioso de Marción es una angustiosa visión de la maldad del mundo, lo que le lleva a preguntarse por el origen del mal.


El convencimiento de que la divinidad ha de ser esencialmente buena lo condujo a deducir que el origen del mal estaba no en un Dios supremo, sino en el Poder creador de este mundo tan perverso, quienquiera que fuese.


La respuesta a quién había sido ese creador la encontró Marción en la Biblia hebrea:
Yahvé, el dios del Antiguo Testamento, a quien se podría denominar también Demiurgo, utilizando la terminología platónica para el hacedor de este mundo material.
Yahvé es un ser malvado.
Marción confirmó esta idea contrastando la imagen que el Antiguo Testamento ofrece de su dios (un ser iracundo, celoso, vengativo, cruel, castigador, despiadado) con el Dios bondadoso que había predicado Jesús.


Marción estableció así que hay dos dioses, dos principios: un Dios trascendente, superior, extraño a este universo, que no es creación suya, un Dios bueno; y otro dios, perverso, creador de este mundo.
Estos dos Poderes habrían existido desde siempre.
La creación del universo y del hombre en cuanto ser material, carnal, es obra de Yahvé, como dice la Biblia.
Tanto el cosmos como el ser humano son tan imperfectos como su creador.


Pero el otro Poder, el Dios bueno y extraño al mundo, no podía contemplar impasible lo que ocurría, sentía pena por el hombre.
Movido por esa compasión, y de una manera gratuita, por bondad pura, ese Dios supremo envía a un Salvador.
Jesús es el Revelador del Dios bueno.


En las doctrinas gnósticas el Dios trascendente desea salvar al hombre porque el espíritu humano es una parte de la sustancia divina.


En Marción no es así.
El Dios bueno salva por pura gracia y bondad a un ser humano que en el fondo, como toda la creación de Yahvé, le es ajeno.


El Salvador es el Hijo del Dios bueno, el Cristo, que se entregará por los hombres para ser víctima de la ira y crueldad del dios creador que lo llevará a la cruz.
En realidad no hay diferencia entre el Padre y el Hijo; ambos son un Dios único.
El Hijo de Dios no es más que un modo (modalismo) de comunicación de Dios hacia fuera de sí mismo; es una revelación de sí mismo; la proyección de la divinidad al exterior.


Marción sostuvo que Cristo no nació de María sino que apareció ya adulto en Cafarnaún.
Su cuerpo fue sólo apariencial (docetismo): Es imposible que el Dios supremo haya asumido la materia, pues ésta le es absolutamente extraña, como propia del Demiurgo que es.


La salvación que trae este Redentor consiste, por un lado, en sufrir voluntariamente la muerte a manos de los esbirros del dios creador, su enemigo, pues esta muerte es un auténtico “rescate” de la humanidad de manos de ese creador.
En el sistema de Marción no se explica bien cómo es posible que un Redentor que tiene sólo un cuerpo aparente pueda sufrir verdadera muerte y que este acto tenga valor de “rescate” de los humanos. Pero Marción lo afirma.


Por otro lado, la salvación del Redentor consiste en revelar a los hombres la existencia de ese Dios supremo, a la vez que la maldad del otro principio, el creador, Yahvé, la inanidad de su Ley, el verdadero sentido del pecado - que es someterse a ese creador malo e intentar agradarle procurando cumplir su Ley - y la necesidad de esperar la muerte con tranquilidad para que el espíritu del hombre pueda ascender hacia el Dios bueno.


Se salvarán las almas solamente, no los cuerpos.
La felicidad de los salvados consistirá en disfrutar para siempre de la presencia del Dios verdadero.


Así, en la doctrina de Marción se prefigura la concepción gnóstica:
La existencia de dos Poderes - el Dios Trascendente, extraño al mundo, y el Demiurgo, creador del universo -, y el envío a la tierra de un Redentor.


La vida en la tierra de los que reciban esa revelación del Dios bondadoso ha de consistir en una creciente renuncia a las servidumbres de la materia, lo que incluye dejar de engendrar nuevos seres.


Marción fue el primero en elaborar una lista de escritos sagrados cristianos: las Sagradas Escrituras marcionitas. Aún no había un canon de libros sagrados cristianos proclamado oficialmente. Confeccionar esa lista fue ocurrencia primera de Marción, para dar consistencia a su Iglesia.


Su Biblia era breve: Eliminó todo el Antiguo Testamento, y estableció como corpus cristiano el Evangelio de Lucas y las Epístolas de Pablo, expurgando de ellos algunos pasajes que, según él, habían sido interpolados o manipulados por los copistas, porque en ellos se hablaba bien del dios del Antiguo Testamento.


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Los marcionitas fueron el único grupo cristiano del siglo II que formó una Iglesia propia, que duró siglos.


A pesar de que predicaba una ascesis absoluta, la iglesia marcionita se expandió rápidamente, gracias a la labor de los discípulos de su fundador, entre los que destacó Apeles.


Para frenar esa expansión, la Iglesia mayoriataria elaboró a su vez una lista de Escrituras Sagradas sobre las que basar la doctrina.
En el siglo VI los marcionitas desaparecieron.

martes, 13 de marzo de 2012

DOCETISMO



A lo largo de la historia de la Iglesia, las herejías dualistas se van sucediendo.

Sustentado en antiguas enseñanzas del Oriente Medio, el dualismo de la gnosis estaba bastante extendido en el ambiente filosófico griego cuando surgió el cristianismo, y se filtró en éste, dando lugar a una serie de herejías que trataban de dar respuestas satisfactorias a las preguntas fundamentales.

El docetismo representa la primera crítica seria hecha a las creencias de la recién formada comunidad cristiana, efectuada al entrar ésta en contacto con el mundo cultural y religioso extrajudío.


El término docetismo proviene del griego, del verbo “dokeo”, “parecer”, y el sustantivo “dokesis”, “apariencia”.

La tesis fundamental de la gnosis es que la materia es mala.
Consecuentemente, es imposible que Dios, espíritu puro, se contamine con ella.
Y, por lo tanto, Jesús no pudo tener un cuerpo carnal.


En las Cartas de Juan, del siglo I, ya se habla de la existencia en las primeras comunidades cristianas de falsos profetas que difundían una doctrina heterodoxa respecto a la naturaleza de Jesucristo: su cuerpo no era material, sino que su “encarnación” fue mera apariencia; sólo en apariencia asumió el Hijo de Dios la condición carnal.
Y Juan proclama, refutando tal afirmación: «si reconocen que Jesucristo es verdaderamente hombre, son de Dios; pero si no lo reconocen, no son de Dios» (1 Juan IV, 2-3); «porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no reconocen que Jesucristo ha venido en carne» (2 Juan, 7).


Sostienen los docetas que el cuerpo de Jesús fue sólo aparente. Nació, vivió y murió en apariencia como cualquier hombre, pero la materia de su cuerpo no era real, porque «lo divino no puede convivir con lo mortal», como afirmaba Filón de Alejandría.


Algunos relatos del Evangelio favorecieron las primeras interpretaciones docetas:

Jesús pudo caminar sobre las aguas porque su cuerpo carecía de peso. Los discípulos pensaron que era un fantasma: «Viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma, y gritaron» (Marcos, VI, 49); «Los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo» (Mateo, XIV, 26).


En el texto apócrifo los Hechos de Juan se narra:
«Una vez, cuando lo toqué, sentí un cuerpo material y sólido; pero otras, al palparlo, era su ser sin sustancia, incorpóreo y como inexistente».
«Muchas veces, caminando con él, quise ver si dejaba huellas visibles sobre el suelo, pues había visto que se elevaba sobre la tierra. ¡Y nunca vi ninguna!».


En la cruz había sido clavado un cuerpo que no era humano, y del cual no se puede decir que haya sufrido. Jesús no era un hombre como los demás.

Tras la resurrección, las apariciones de Jesús siguen siendo “fantasmales”, pues, si bien le pide a Tomás que le toque, lo cierto es que previamente había entrado en la sala en la que estaban reunidos los discípulos “estando cerradas las puertas” (Juan XX, 26).


Igual que rechazaban la carnalidad del cuerpo de Cristo, los docetas negaban también que se fuera a producir la resurrección de los muertos en los términos en los que la entendía la mayoría de los cristianos.
La idea de resurrección apuntada en el Evangelio de Juan no hace referencia al futuro, sino al presente, y en ella no se habla del cuerpo, sino sólo del espíritu del hombre.
Porque, como se afirma en la primera Carta de Juan, el que cree en Jesús ha conseguido ya “pasar de la muerte a la vida” (III, 14).
Basándose en esta idea, algunos cristianos del siglo I sostuvieron que la resurrección de los muertos sucede en esta vida y que no se trata de la resurrección material de los cuerpos en un tiempo futuro, sino de un despertar del espíritu.


En el mismo Evangelio de Juan se argumenta en contra de esta tesis:
Un segundo redactor corrigió la opinión del primer autor e introdujo en el texto, poniéndolas en boca de Cristo, afirmaciones que defienden una resurrección de los muertos al final de los tiempos:
«Y ésta es la voluntad del que me envió: que no pierda nada de todo lo que Él me ha entregado, sino que lo resucite en el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre, que todo el que reconoce al Hijo y cree en él tenga vida definitiva, y lo resucite yo en el último día» (Juan, VI, 39-40).

De hecho, tanto en los escritos de los apóstoles como, sobre todo, en los de los Padres de la Iglesia, se combatió desde sus orígenes el planteamiento doceta.