lunes, 5 de marzo de 2012

GNOSTICISMO (II)



Dios es la absoluta trascendencia, indefinible si Él no se revela, puro espíritu.
Antes de la aparición del mundo, este ser trascendente vive con su Pensamiento y su Silencio.
En un momento dado, de esa especie de unión de Dios consigo mismo, con su Pensamiento / Silencio, emana una proyección: el Hijo. En este proceso, el Silencio / Espíritu constituye una representación de la Deidad femenina (“Silencio” es femenino en griego; “Espíritu” es femenino en hebreo).
Y de la relación de esta suerte de trinidad se generarán otras entidades divinas o “eones”, cuyo conjunto constituye el “Pleroma” o “Plenitud”.
Estos “eones” son: Inteligencia, Presciencia, Incorruptibilidad, Eternidad, Verdad, Bien, Voluntad, Logos, Sabiduría…

Para algunos grupos gnósticos, como los setianos de Nag Hammadi, la existencia de este Pleroma no implica que las entidades divinas que lo componen tengan una realidad en sí mismas, sino que son meros modos o disposiciones de la divinidad, maneras de su proyección hacia el exterior de sí.
En otros sistemas gnósticos, los seres divinos desarrollados o generados por el Primer Principio son auténticas sustancias con entidad propia, pero integradas en la divinidad.


Uno de esos entes, Sofía-Sabiduría, comete una especie de error, un exceso de “pasión” en su deseo de conocimiento, lo que lo coloca fuera del Pleroma divino.
Del llanto de la Sabiduría brota entonces una suerte de sustancia informe: La materia primordial, ser degradado, que no es aún el universo, porque le falta la foma, pero de ella irán surgiendo, escalonadamente, el universo, el hombre y el mal, que es todo lo que la gnosis trata de explicar.


De la pena de la Sabiduría termina por surgir una entidad superior a la materia sin forma: el Demiurgo. Que es una especie de dios inferior.
A partir de la materia generada por Sabiduría, y tomando como modelo los reflejos de la divinidad (las ideas platónicas), este Demiurgo crea el universo. Manipula la materia y le imprime forma. Este dios inferior es, así, el Creador del Universo, Yahvé, el dios del Antiguo Testamento, a quien algunos equivocadamente han considerado el dios supremo.

Para unos grupos gnósticos, el Demiurgo es un ser malvado; para otros, es simplemente necio, pues desconoce la existencia del verdadero y trascendente Dios, superior a él.


Como culminación de su obra, el Demiurgo crea al hombre, criatura formada “a imagen y semejanza del Demiurgo” (que es a su vez una imagen degradada de Dios).
Sin embargo, el hombre resultó una creación fallida, ya que el Demiurgo y sus ángeles asistentes (creados también por el Demiurgo para que le ayuden a controlar su creación) no le dotaron del soplo vital completo: Le faltaba el espíritu.


Entre tanto, como la Sabiduría había quedado fuera del Pleroma y necesitaba ser rescatada, se inicia un proceso de salvación: El Pleroma envía a una de sus entidades a redimirla. Este eón se llama Salvador, y es el encargado de reintegrar a Sabiduría al Pleroma.


Sabiduría, ya redimida, se apiada del hombre, que es a fin de cuentas descendencia suya (y, a través de Ella, del Dios trascendente), y se propone dotar a esa “imagen de Dios” del elemento superior que le falta: el espíritu divino.


Para ello, consigue que el Demiurgo comprenda que ha de insuflar en esa imagen de sí mismo su propio hálito vital: El Demiurgo después de todo conserva dentro de sí una chispa divina procedente de la sustancia de su madre Sabiduría.


Al hacer tal cosa, el Demiurgo, sin saberlo, transfirió al hombre el espíritu divino que tenía en su interior, y él quedó desprovisto del mismo.


Así pues, la parte espiritual del hombre no tiene su origen en la creación demiúrgica llevada a cabo a partir de la materia, sino que procede de Sabiduría, y por tanto del Espíritu.
El hombre está integrado por una parte material, el cuerpo, y una parte espiritual cuya patria no es este mundo. En algún momento la parte espiritual del hombre tendrá que regresar al lugar del que procede.


El Salvador, que ya redimió a Sabiduría, tendrá que rescatar también al espíritu del hombre, encerrado en el cuerpo, y conducirlo al Cielo/Pleroma, que es su verdadera patria.


El Demiurgo, convertido en enemigo del hombre, que, desde que recibió el espíritu, se “parece” más a Dios que el Demiurgo mismo, hará todo lo posible para que su creación no sea rescatada, y se opondrá al Salvador cuando éste descienda del Cielo para recuperar esas chispas de espíritu prisioneras en la materia.


A través de la procreación y multiplicación de los seres humanos, el espíritu que late en éstos va olvidando su origen.
El Demiurgo pretende con ello que el espíritu quede definitivamente ligado a la materia y no aspire a regresar al Cielo junto a Dios.
La mayoría de los humanos, embotados por la materia, se irá olvidando de que porta en sí esa “chispa divina”. La ignorancia de que su espíritu es igual al de Dios, de la unidad sustancial del espíritu humano con la divinidad, hace que el hombre quede reducido a lo material.


Pese a ello, el espíritu debe ser salvado de la carne, del universo material, que en algún momento volverá a la nada.
Para liberarlo y hacer que el espíritu vuelva al Cielo, el Pleroma envía a la tierra al Salvador.

El Salvador o Revelador descenderá desde el Pleroma, atravesará las esferas de los cielos que circundan la tierra engañando a los ángeles del Demiurgo que las gobiernan, y llegará a ella con la misión de recordar a los hombres que tienen dentro de sí una centella divina, que deben sacudirse el letargo producido por la materia, y hacer todo lo posible para retornar al lugar de donde esa chispa espiritual procede.


El modo de hacer recordar al hombre es la revelación de la gnosis, o conocimiento verdadero:
El Revelador hace que el ser humano empiece a formularse las preguntas esenciales, y le da los medios para responderlas.
En suma, le recuerda que su espíritu procede del Pleroma y que a él debe volver.
La misión del Salvador es enseñar al ser humano a liberar su espíritu de las ataduras del mundo, y, por lo tanto, del poder del Demiurgo, dueño de este mundo.


El Demiurgo, para impedirlo, provoca la muerte del Salvador.
Pero esta muerte es sólo aparente.
Mientras el Demiurgo da muerte a un ser meramente material, el Salvador regresa al Pleroma, una vez cumplida su misión.


Cuando a los hombres les llegue la hora de morir, su cuerpo perecerá y volverá a la materia. Los cuerpos no resucitarán. Pero el espíritu, si ya ha despertado, se elevará al Pleroma y se unirá a la divinidad.


Hasta que llegue ese momento, la vida del gnóstico ha de consistir en profundizar en esa sabiduría (gnosis) que ha venido a traer el Salvador, para escapar cuanto antes de la cárcel carnal y lograr que su espíritu retorne al Pleroma.

El espíritu y la materia, el mundo de arriba y el mundo de abajo, son inconciliables. El que recibe la revelación y quiere regresar al Pleroma debe rechazar todo lo material y corporal, por medio de la ascesis.

 

jueves, 1 de marzo de 2012

GNOSTICISMO (I)


La gnosis es una soteriología que predica la salvación por la vía del conocimiento revelado, sobre la base de un planteamiento claramente dualista: dualismo teológico (Principio del Bien y Principio del Mal), dualismo cosmológico (mundo divino, inmaterial, y mundo material, terrestre), dualismo antropológico (alma procedente de la divinidad y cuerpo creado por el demiurgo).
La gnosis construye un sistema especulativo completo, que da explicación a la divinidad y los primeros principios (teología/teodicea), al origen del mundo (cosmología), a los seres intermedios (pneumatología o angelología), y al hombre (antropología).



La gnosis parte del profundo dolor que siente el ser humano al encontrarse aprisionado en un mundo que lo oprime y en el que se siente extranjero.
Ante la contemplación de la existencia del mal en el mundo y de la insatisfacción que produce la materia, la gnosis constata el sentimiento de desgarro del ser humano, el deseo de liberarse de este mundo y retornar a la divinidad de la que procede.



La gnosis considera las diferentes religiones con las que ha coexistido como estadios inferiores de la espiritualidad. En el nivel superior se hallan los “conocedores” o gnósticos, a cuyo deseo de ir más allá responde la Divinidad con la iluminación, la revelación de la verdad, la respuesta a las cuestiones esenciales.



La gnosis aparece en el seno del cristianismo a mitad del siglo II d. C., pero ya existía antes, no como una religión propiamente dicha, sino como un enfoque existencial que se manifestó desde antiguo en distintos ambientes mediterráneos.



En Grecia existía una corriente de conocimientos espirituales secretos desde los órficos (siglos VII y VI a. C.), los pitagóricos y Platón, corriente que desemboca en la gnosis.


También en el ámbito del judaísmo más próximo a la influencia helénica se abrió paso el planteamiento gnóstico. La preocupación por la causa de la existencia del mal en el mundo y las preguntas sobre el sentido de la vida llevaron a algunos judíos a buscar una explicación más satisfactoria que la que les daban sus textos sagrados y sus tradiciones.
La existencia del Demiurgo platónico aportaba una respuesta al “misterio” del mal: El mal no es obra de Dios, del Bien absoluto.
En el Timeo expone Platón el mito del Demiurgo: El Poder perverso responsable de la creación de este Universo material lleno de maldad.
Junto con este supuesto básico, los judíos helenizados incorporaron también otros conceptos platónicos, como la diferencia entre la materia y el espíritu, entre el mundo de los sentidos y el mundo de las ideas, la inmortalidad del alma… Y aplicaron estas concepciones a la interpretación de la Biblia.
Ello les llevó a considerar que las dos versiones de la creación que recoge el Génesis corresponden en realidad a dos creadores distintos: Elohim y Yahvé, ambos mencionados en el texto bíblico.
Este judaísmo esotérico absorbió también otras tesis procedentes de las religiones del Mediterráneo oriental, centradas en la lucha entre el Bien y el Mal, elaborando así una religiosidad sincrética.



Cuando la “gnosis” se filtra en el primer cristianismo y se convierte en construcción religiosa en el seno de éste, surge el “gnosticismo”, que en los primeros siglos constituirá, con su distinción básica entre el Dios Padre de Jesucristo y el dios demiurgo del Antiguo Testamento, una heterodoxia de relevancia creciente.


miércoles, 29 de febrero de 2012

QUMRAN


Qumran (Hirbet Qumrān) es un torrente del mar Muerto, en Israel, en cuyas orillas radican las ruinas de un monasterio esenio.
En las grutas de los alrededores se descubrieron, entre 1946 y 1956, unos manuscritos escritos en hebreo y en arameo de gran importancia para la historia del judaísmo y de los orígenes del cristianismo.

Con anterioridad a estos hallazgos, Qumran era ya conocido por la literatura de la antigüedad.
El año 77 d. C., Plinio el Viejo publicó su Naturalis historia, en cuyo libro V describe el mar Muerto: «En la ribera occidental (del mar Muerto), al abrigo del influjo nocivo (del agua), viven los esenios, un grupo de solitarios que no tiene igual en el mundo, sin relaciones sexuales, sin dinero».
Cuando se publicó la obra, la información había quedado desfasada, pues la colonia fue destruida en el 68 d. C.

La fundación de la comunidad de Qumran se sitúa en unos años marcados por la reacción macabea contra la política de helenización del sirio Antíoco IV Epífanes.


El nombre esenios deriva del sirio-arameo “hasayya”: “los devotos”.
Se trata probablemente de un grupo de sacerdotes y laicos de estricta observancia, que, con la caída del sacerdocio sadoquita bajo Antíoco IV Epífanes, quedaron sin guía y se aliaron durante un tiempo a los macabeos.
Estos “devotos” fueron los antepasados de los esenios, que en la siguiente generación se reunieron en el desierto cerca de Qumran bajo la dirección de un hombre, cuyo nombre no aparece en los rollos de las cuevas, pero que como “Maestro de Justicia” desempeñó un papel decisivo de adalid de los esenios.
Era de ascendencia sacerdotal y bajo su dirección tuvo lugar la desvinculación de los “devotos” del culto en el templo de Jerusalén y su éxodo de Jerusalén a Qumran, conforme a las palabras de Isaías: «preparad en el desierto el camino del Señor».
Su adversario era el “Sacerdote de la Impiedad”, seguramente el sumo sacerdote entonces en funciones en el templo de Jerusalén: el macabeo Jonatán.
Si el Sacerdote de la Impiedad es Jonatán, entonces la aparición del Maestro de Justicia y consiguientemente la fundación de la comunidad esenia se sitúa por los años 150 a. C.


La secta esenia y el grupo de los hombres que moraban en Qumran no son lo mismo. Los esenios habitaban en las ciudades, en tanto que los hombres de Qumran vivían en el desierto, como núcleo radical, escindido de los primeros, separado de las “moradas de los hombres de la impiedad”.
Cuestiones como por ejemplo el celibato encuentran así su explicación, ya que, mientras que el reducido círculo de los esenios radicados en Qumran renunciaba a las relaciones sexuales, las confraternidades laicas que estaban dispersas por el país y habitaban en núcleos urbanos, sí celebraban matrimonios.
Los hombres de Qumran se dedicaban plenamente al estudio y a prepararse para la inminente guerra de las fuerzas de la luz contra las fuerzas de las tinieblas.


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 Los textos de Qumran prolongan el dualismo de la apocalíptica con la idea de un combate entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas.

Los esenios son los “perfectos del camino”, la “comunidad de los hombres de santidad perfecta”, los “hijos de la justicia”, los auténticos sacerdotes.
Los esenios se saben llamados a alcanzar el beneplácito divino, sin necesidad de la carne de las víctimas de los sacrificios. Porque la oración es el único verdadero culto a Dios, y la perfección de la vida es la auténtica oblación ofrecida voluntariamente.

Al ingresar en la comunidad el esenio se comprometía «a amar todo lo que Dios ha elegido y a odiar todo lo que Dios ha reprobado», es decir, «a amar a los hijos de la luz y a odiar a los hijos de las tinieblas».

El motivo del ministerio sacerdotal esenio se corresponde con el motivo del combate en la “guerra santa”.
Su renuncia al sexo tiene su fundamento en la aspiración a la pureza del sacerdote en servicio, la misma pureza que se exige a las tropas en la guerra santa.
En la lucha final, que se espera próxima, entre los poderes de la luz y de las tinieblas, los esenios se consideran como las huestes de Dios en pie de guerra, como instrumento de la divinidad, pronto a responder al llamamiento.
La vida de los creyentes es como una lucha con las armas de la luz contra los asaltos de los poderes de las sombras.


En la literatura de Qumran resuena constantemente la idea de no asociación entre los justos y los malvados; el conflicto entre la luz y las tinieblas.
Entre sus manuscritos se halla una “Regla de la guerra (milhama) de los hijos de la luz contra los hijos de las tinieblas”.

Esta idea se construye sobre el fondo de un dualismo ajeno al judaísmo, que tiene sus raíces en concepciones iránicas.
Es básica en este planteamiento la doctrina de los dos espíritus, el “espíritu de la verdad” y el “espíritu de la mentira”, el “príncipe de la luz” y el “ángel de las tinieblas”. Dios y Belial/Satán.

A esta construcción dualista corresponde la expectativa escatológica de los esenios: Al final del mundo Dios aniquilará definitivamente a Belial.


Mientras, en el tiempo presente, tiempo de la lucha entre los dos espíritus, que se encamina a su cercano fin, inmediatamente antes del combate de cuarenta años de los hijos de la luz contra los hijos de las tinieblas, Dios envió al Maestro de Justicia.

Éste interpretó nuevamente la Toráh y reunió en torno a sí a los hijos de la luz, que aguardan la revelación definitiva.

El título de Maestro de Justicia parece corresponder a una figura histórica. Tal vez un sumo sacerdote en tiempos de Jonatán Macabeo.
Los manuscritos lo presentan como el hombre designado por Dios para dirigir la comunidad de sus seguidores, esto es, la comunidad de Qumran, en los últimos días. El destinatario de una revelación y comprensión especial de las Escrituras, a quien Dios ha manifestado todos los misterios.
Existen varios textos que hacen referencia a su persecución y muerte.
Ligada a la figura del Maestro de Justicia se encuentra la del Sacerdote Impío, que pudo haber sido el citado Jonatán Macabeo, aunque su nombre no aparece en los textos.
Este Sacerdote Impío, también llamado Hombre de la Mentira, persiguió al Maestro de Justicia.

Algunos autores han efectuado una datación diferente de los textos de Qumran y han identificado al Maestro de Justicia y al Sacerdote de la Impiedad con Jesús y Pablo respectivamente, o con Juan el Bautista y Jesús de Nazaret.


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 Como preparación al “éschaton”, la comunidad esenia, en tanto que sacerdote en servicio, se esfuerza por alcanzar el más alto grado de pureza.
Para ello, los esenios tomaban diariamente baños de inmersión, lavatorios de purificación, que sustituyen a los sacrificios.

Después de prestar el servicio del día en el templo de Jerusalén, los sacerdotes se reunían en un recinto especial para una refección con piezas de los sacrificios. Esta refección, pero sin carnes sacrificiales, fue conservada también por los esenios. Un sacerdote presidía la comida en común y pronunciaba las bendiciones sobre el pan y el vino.


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 Los escritos de Qumran son de la mayor importancia para la comprensión de la obra de Juan Evangelista.
El dualismo entre verdad y mentira, luz y tinieblas, espíritu y carne, vida de arriba y vida de abajo, característico del cuarto Evangelio, se interpretaba en gran parte, antes de la aparición de la literatura de Qumran, en función de categorías gnósticas.
Los nuevos textos han demostrado que también en Palestina existía una visión dualista del mundo.
Hoy se puede decir que el dualismo del cuarto Evangelio tiene sus raíces en el dualismo que late también en la literatura de Qumran. Aunque, por lo demás, entre un texto y otros existen profundas diferencias.

 

miércoles, 22 de febrero de 2012

APOCALÍPTICA


Una posición cercana al dualismo es la de la apocalíptica judía extrabíblica, con la oposición de los dos eones o mundos, el presente y el futuro.
El mundo presente se halla sumido en las tinieblas y sometido a los poderes demoníacos.
El mundo futuro, el Reino de Dios, sustituirá a este mundo presente, que será aniquilado en la conflagración cósmica del “éschaton”.

Para el judaísmo bíblico es desconocido ese concepto del “éschaton” como pasaje de este mundo, terreno y material, a otro mundo, supraterreno y espiritual.


La literatura apocalíptica es un conjunto de escritos de revelación (en griego: “apokálypsis”) sobre realidades trascendentes, sobre secretos, sobre verdades ocultas: Dios, el origen del cosmos, la historia del hombre.
Los autores de tales textos, poseedores de un conocimiento esotérico, interpretan los enigmas del pasado, del presente y del futuro.

El simbolismo pertenece a la esencia de la expresión literaria semita. Los profetas lo habían empleado abundantemente, pero para los autores de escritos apocalípticos el símbolo se convierte en necesidad. Al tener que hablar de cosas pertenecientes a la órbita de lo misterioso, de lo no conocido experimentalmente, nada como el lenguaje simbólico como medio de expresión.


Es común a casi toda la apocalíptica el hábito, llamado pseudonimia, de atribuir la paternidad del escrito a un personaje ilustre del pasado (Henoc, Noé, Abraham, Salomón, Moisés, Elías, Isaías, Daniel, Baruc, Esdras, etc.), reconocido unánimemente como una autoridad profética o sapiencial.
Los escritores apocalípticos necesitaban que se valorase positivamente su mensaje, que era un mensaje de esperanza. Pero, conscientes de que sus nombres no tenían mucho prestigio y de que, consecuentemente, sus escritos causarían poco impacto, presentaron sus reflexiones como revelaciones recibidas en el pasado por figuras célebres del pueblo de Israel. Personajes que habían podido conocer los secretos celestiales porque habían sido los amigos de Dios y los portadores de su espíritu.


La apocalíptica surge en la historia judía como una necesidad vital para superar la crisis de desesperanza por la que pasó la sociedad israelita posterior al destierro babilónico.
Con los profetas, las esperanzas de alcanzar un futuro glorioso y feliz, aunque se habían ido desplazando hasta situarse en el final de los tiempos, se mantenían dentro del plano de la historia terrena.
La aportación de la apocalíptica consistirá en desgajarlas del plano terrestre y situarlas en un ámbito transcendente, más allá de este mundo.
Su mensaje consiguió reavivar la debilitada esperanza israelita.


Tres momentos históricos pueden establecerse como determinantes en la configuración de esta literatura:
La persecución de Antíoco IV Epífanes (años 168-165 a. C.)
La conquista de Jerusalén y el asalto al templo por las tropas de Pompeyo (año 63 a. C.)
Y, por fin, el aniquilamiento del pueblo, llevado a cabo por Vespasiano y Tito (años 66-70 d. C).

La tradición apocalíptica israelita tuvo contactos no sólo con la sabiduría de Israel sino también con los círculos sapienciales del Oriente Medio.


Es una revelación centrada en el porvenir.
El eje de sus consideraciones es el futuro, y en función de ese futuro se describe e interpreta el presente y el pasado.
El mensaje básico es la fe inquebrantable en la liberación que llegará en un mundo nuevo.
Un mundo donde los buenos judíos verán cumplidas sus esperanzas y donde los impíos serán condenados.
En este sentido uno de los elementos principales de la narración apocalíptica lo constituye la figura del elegido de Dios: el Mesías.


Late en la apocalíptica un fuerte dualismo entre el cielo y la tierra, la lucha escatológica entre el ejército de Dios y las fuerzas del Mal, entre ángeles y demonios, en connivencia con los hombres buenos y malos.
Esta lucha, en la que se van alternando victorias y derrotas parciales, culminará con una intervención masiva de Dios y el triunfo final de las fuerzas del Bien, la perdición de los enemigos en el fuego eterno, y la renovación del universo.
El Mesías es el representante divino que vendrá a realizar esta obra, a celebrar una verdadera batalla cósmica.


Las líneas temáticas fundamentales de la apocalíptica son:
- La creencia en la vida ultraterrena, bien a través de la resurrección o de la inmortalidad del alma, y en la salvación paradisíaca que acontecerá tras la catástrofe cósmica final.
- El convencimiento de que el mal tiene su origen en una esfera superior al hombre.
- La afirmación de la existencia de ángeles y demonios que influyen y participan en la evolución de nuestro mundo.


El dualismo de la apocalíptica nunca llega a ser un dualismo absoluto, porque, si bien el Mal ha logrado una posición dominante en esta era, Dios sigue encontrándose en un nivel superior.

Pero donde la tensión dualista llega a su máxima expresión es en Baruc y Esdras, en cuyos textos se advierte un pesimismo creciente y una fuerte tendencia a considerar la historia de esta era en términos totalmente negativos.


En el Cuarto Libro de Esdras, éste expone a Dios su angustia y estupor ante el modo divino de proceder respecto de Israel y del mundo en general. Queda de manifiesto la incapacidad del hombre para entender ciertas cosas, pero se le garantiza a Esdras que al final se desvelará el misterio.

En el Baruc Siriaco también el tema fundamental es la pregunta por la desconcertante actuación de Dios respecto del mundo: por qué permite el éxito de los malvados mientras el justo es marginado y humillado. Habrá un final en el que se superarán las contradiciones de esta vida, es la respuesta de Dios.

El Apocalipsis de Abraham parece haber surgido en círculos esenios no mucho antes de la caída de Jerusalén (70 d. C.) Su contexto es el mismo que el de los libros de Esdras y de Baruc. Elevado al séptimo cielo, Abraham contempla el trono de Dios y el decurso de la historia. Al final, sonará la trompeta y el elegido de Dios - el Mesías - reunirá a su pueblo y condenará a sus enemigos al fuego.

Una de las constantes de la corriente apocalíptica es la figura del elegido de Dios para conducir la historia a un final donde se reivindique la causa de Dios.


Junto a su carácter religioso, el mesianismo apocalíptico presenta también una intensa connotación político-nacionalista.
Sin embargo, en su mayoría los Apocalipsis ignoran o rechazan la acción militar como medio para resolver conflictos. Ejemplos de ello se encuentran en el Libro de Daniel, que, conociendo las revueltas macabeas, les concede muy poca importancia, y en el Libro de los Sueños, donde se hacen referencias muy duras hacia las acciones de los macabeos.


La finalidad de los Apocalipsis no es animar a la lucha o la resistencia activa, sino más bien concienciar sobre el advenimiento del final de la situación de sufrimiento y opresión, para que se mantenga la esperanza.
Así, mientras en la primera guerra judía los zelotes hicieron frente al ejército romano, los hombres de Qumran no presentaron ningún tipo de oposición al poder de Roma.


Jesús fue contemporáneo de algunos de los momentos de máxima expresión de estas corrientes político-religiosas. Aunque marcó distancias respecto de sus representantes más significados - zelotes y esenios -, seguramente participaba de algunas de las convicciones de ambos movimientos.