miércoles, 22 de febrero de 2012

APOCALÍPTICA


Una posición cercana al dualismo es la de la apocalíptica judía extrabíblica, con la oposición de los dos eones o mundos, el presente y el futuro.
El mundo presente se halla sumido en las tinieblas y sometido a los poderes demoníacos.
El mundo futuro, el Reino de Dios, sustituirá a este mundo presente, que será aniquilado en la conflagración cósmica del “éschaton”.

Para el judaísmo bíblico es desconocido ese concepto del “éschaton” como pasaje de este mundo, terreno y material, a otro mundo, supraterreno y espiritual.


La literatura apocalíptica es un conjunto de escritos de revelación (en griego: “apokálypsis”) sobre realidades trascendentes, sobre secretos, sobre verdades ocultas: Dios, el origen del cosmos, la historia del hombre.
Los autores de tales textos, poseedores de un conocimiento esotérico, interpretan los enigmas del pasado, del presente y del futuro.

El simbolismo pertenece a la esencia de la expresión literaria semita. Los profetas lo habían empleado abundantemente, pero para los autores de escritos apocalípticos el símbolo se convierte en necesidad. Al tener que hablar de cosas pertenecientes a la órbita de lo misterioso, de lo no conocido experimentalmente, nada como el lenguaje simbólico como medio de expresión.


Es común a casi toda la apocalíptica el hábito, llamado pseudonimia, de atribuir la paternidad del escrito a un personaje ilustre del pasado (Henoc, Noé, Abraham, Salomón, Moisés, Elías, Isaías, Daniel, Baruc, Esdras, etc.), reconocido unánimemente como una autoridad profética o sapiencial.
Los escritores apocalípticos necesitaban que se valorase positivamente su mensaje, que era un mensaje de esperanza. Pero, conscientes de que sus nombres no tenían mucho prestigio y de que, consecuentemente, sus escritos causarían poco impacto, presentaron sus reflexiones como revelaciones recibidas en el pasado por figuras célebres del pueblo de Israel. Personajes que habían podido conocer los secretos celestiales porque habían sido los amigos de Dios y los portadores de su espíritu.


La apocalíptica surge en la historia judía como una necesidad vital para superar la crisis de desesperanza por la que pasó la sociedad israelita posterior al destierro babilónico.
Con los profetas, las esperanzas de alcanzar un futuro glorioso y feliz, aunque se habían ido desplazando hasta situarse en el final de los tiempos, se mantenían dentro del plano de la historia terrena.
La aportación de la apocalíptica consistirá en desgajarlas del plano terrestre y situarlas en un ámbito transcendente, más allá de este mundo.
Su mensaje consiguió reavivar la debilitada esperanza israelita.


Tres momentos históricos pueden establecerse como determinantes en la configuración de esta literatura:
La persecución de Antíoco IV Epífanes (años 168-165 a. C.)
La conquista de Jerusalén y el asalto al templo por las tropas de Pompeyo (año 63 a. C.)
Y, por fin, el aniquilamiento del pueblo, llevado a cabo por Vespasiano y Tito (años 66-70 d. C).

La tradición apocalíptica israelita tuvo contactos no sólo con la sabiduría de Israel sino también con los círculos sapienciales del Oriente Medio.


Es una revelación centrada en el porvenir.
El eje de sus consideraciones es el futuro, y en función de ese futuro se describe e interpreta el presente y el pasado.
El mensaje básico es la fe inquebrantable en la liberación que llegará en un mundo nuevo.
Un mundo donde los buenos judíos verán cumplidas sus esperanzas y donde los impíos serán condenados.
En este sentido uno de los elementos principales de la narración apocalíptica lo constituye la figura del elegido de Dios: el Mesías.


Late en la apocalíptica un fuerte dualismo entre el cielo y la tierra, la lucha escatológica entre el ejército de Dios y las fuerzas del Mal, entre ángeles y demonios, en connivencia con los hombres buenos y malos.
Esta lucha, en la que se van alternando victorias y derrotas parciales, culminará con una intervención masiva de Dios y el triunfo final de las fuerzas del Bien, la perdición de los enemigos en el fuego eterno, y la renovación del universo.
El Mesías es el representante divino que vendrá a realizar esta obra, a celebrar una verdadera batalla cósmica.


Las líneas temáticas fundamentales de la apocalíptica son:
- La creencia en la vida ultraterrena, bien a través de la resurrección o de la inmortalidad del alma, y en la salvación paradisíaca que acontecerá tras la catástrofe cósmica final.
- El convencimiento de que el mal tiene su origen en una esfera superior al hombre.
- La afirmación de la existencia de ángeles y demonios que influyen y participan en la evolución de nuestro mundo.


El dualismo de la apocalíptica nunca llega a ser un dualismo absoluto, porque, si bien el Mal ha logrado una posición dominante en esta era, Dios sigue encontrándose en un nivel superior.

Pero donde la tensión dualista llega a su máxima expresión es en Baruc y Esdras, en cuyos textos se advierte un pesimismo creciente y una fuerte tendencia a considerar la historia de esta era en términos totalmente negativos.


En el Cuarto Libro de Esdras, éste expone a Dios su angustia y estupor ante el modo divino de proceder respecto de Israel y del mundo en general. Queda de manifiesto la incapacidad del hombre para entender ciertas cosas, pero se le garantiza a Esdras que al final se desvelará el misterio.

En el Baruc Siriaco también el tema fundamental es la pregunta por la desconcertante actuación de Dios respecto del mundo: por qué permite el éxito de los malvados mientras el justo es marginado y humillado. Habrá un final en el que se superarán las contradiciones de esta vida, es la respuesta de Dios.

El Apocalipsis de Abraham parece haber surgido en círculos esenios no mucho antes de la caída de Jerusalén (70 d. C.) Su contexto es el mismo que el de los libros de Esdras y de Baruc. Elevado al séptimo cielo, Abraham contempla el trono de Dios y el decurso de la historia. Al final, sonará la trompeta y el elegido de Dios - el Mesías - reunirá a su pueblo y condenará a sus enemigos al fuego.

Una de las constantes de la corriente apocalíptica es la figura del elegido de Dios para conducir la historia a un final donde se reivindique la causa de Dios.


Junto a su carácter religioso, el mesianismo apocalíptico presenta también una intensa connotación político-nacionalista.
Sin embargo, en su mayoría los Apocalipsis ignoran o rechazan la acción militar como medio para resolver conflictos. Ejemplos de ello se encuentran en el Libro de Daniel, que, conociendo las revueltas macabeas, les concede muy poca importancia, y en el Libro de los Sueños, donde se hacen referencias muy duras hacia las acciones de los macabeos.


La finalidad de los Apocalipsis no es animar a la lucha o la resistencia activa, sino más bien concienciar sobre el advenimiento del final de la situación de sufrimiento y opresión, para que se mantenga la esperanza.
Así, mientras en la primera guerra judía los zelotes hicieron frente al ejército romano, los hombres de Qumran no presentaron ningún tipo de oposición al poder de Roma.


Jesús fue contemporáneo de algunos de los momentos de máxima expresión de estas corrientes político-religiosas. Aunque marcó distancias respecto de sus representantes más significados - zelotes y esenios -, seguramente participaba de algunas de las convicciones de ambos movimientos.

martes, 21 de febrero de 2012

BOGOMILISMO


El bogomilismo surgió hacia el siglo IX en la Europa oriental, en la región de Tracia (actual Bulgaria y norte de Grecia). La llamada Iglesia Griega tiene su origen en Bulgaria, pero se extendió por Bizancio y, sobre todo, la actual Bosnia.

El estado búlgaro, constituido por una nobleza procedente de una tribu turco-tártara que dominaba de manera brutal a un campesinado eslavo, representaba una amenaza para el Imperio Bizantino en su flanco occidental.
En el 864, presionado por el ejército imperial, el soberano búlgaro es bautizado por los ortodoxos griegos. A partir de ese momento la Iglesia ortodoxa emprende la labor misionera en Bulgaria, frente a las prácticas animistas extendidas en el territorio.
Pero la evangelización ortodoxa de Bulgaria siempre fue precaria, de manera que la zona resultaba terreno propicio para la expansión de otras creencias.


La palabra “bogomilo”, de origen eslavo, quiere decir “amado de Dios”: “bog” significa “dios” y “mil, milo”, significa “querido”.
Hay quien hace derivar el término del nombre de su principal patriarca, que se hacía llamar Bogomil, pero en cualquier caso la etimología no variaría, pues Bogomil es equivalente al nombre griego Teófilo, “amigo de Dios”.

Ese monje, sacerdote o pope búlgaro, apodado a sí mismo Bogomil o Bogomilo, misterioso personaje del que nada se sabe a ciencia cierta, aunó las distintas creencias dualistas arraigadas en la región, dando origen al bogomilismo, la temible “herejía búlgara”.


En una tierra cuya población se hallaba esclavizada, el bogomilismo obtuvo un rápido éxito.

En sus comienzos, el movimiento bogomilita predicó contra las clases gobernantes y adineradas de Bulgaria, lo que le atrajo la simpatía inmediata de las clases oprimidas. La nueva doctrina pronto pronto se extendió y consiguió adeptos.
Los señores feudales, el rey y la iglesia oficial, fueron considerados por el bogomilismo como obra de Satanael, provocando una reacción social sin precedentes en la Edad Media.
Los predicadores bogomilos incitaban a los siervos a dejar de trabajar para sus señores. Lideraron un sinfín de revueltas contra las autoridades y el orden establecido, al que consideraban obra demoníaca.
Así pues, las persecuciones que sufrió la “herejía búlgara” tuvieron más razones políticas que religiosas.


El bogomilismo se difundió por Asia Menor, por los Balcanes y hasta los confines de Bizancio.
En la propia capital del Imperio bizantino, Constantinopla, hubo bogomilos que llegaron a sublevarse contra el clero ortodoxo. Muchos de ellos fueron quemados vivos, entre ellos su jefe, Basilio.

El bogomilismo fue duramente perseguido por los soberanos búlgaros y por los emperadores bizantinos, porque los bogomilos señalaban al Papado y al Imperio como los principales pilares del orden opresivo impuesto por el demonio, y ponían en marcha la rebelión.


En Tracia los bogomilos fueron prácticamente exterminados.
Los sobrevivientes se refugiaron en el territorio de la actual Bosnia, en la frontera entre las zonas de influjo de la Iglesia Católica Romana (croatas católicos) al oeste y de la Iglesia Ortodoxa Griega (serbios ortodoxos) al este.
Allí, el poder de los “herejes búlgaros” fue tal que llegaron a constituir un estado, con el bogomilismo como religión oficial.
Pero en 1203 su soberano sólo conseguía conservar el poder a cambio de abandonar la doctrina bogomila por la católica, aceptando la tutela húngara.

Los bogomilos se dispersaron entonces por la Europa central y occidental, donde sufrieron la represión de las autoridades católicas.
Algunos se adhirieron al movimiento husita.


Durante siglos, comunidades y ciudades enteras se declararon abiertamente bogomilas, hasta que las persecuciones de ortodoxos, católicos y musulmanes les obligaron a “convertirse” y guardar las apariencias.
Muchos bogomilos acabaron acercándose a las religiones de los pueblos dominadores del momento, la católica, la ortodoxa o la musulmana, pero conservando sus creencias dualistas. Incluso hubo bogomilos infiltrados entre los monjes ortodoxos de los monasterios del monte Athos.
Cuando en el siglo XV se produjo la invasión otomana de la península de los Balcanes, gran parte de los bogomilos se alió con los turcos contra los cristianos.
A partir de entonces, la mayoría de los bogomilos se convirtió al Islam sunnita.

En Albania en la actualidad muchas poblaciones que se dicen musulmanas en realidad profesan una mezcla de Islam y dualismo que delata su origen bogomilo.


La herejía bogomila tuvo una larga historia, llegando restos de la misma hasta el siglo XVII.
Las revueltas iniciales habían estado caracterizadas por el uso de una extrema violencia, motivo por el cual fueron muy temidos por sus contemporáneos. Sin embargo, con el tiempo los bogomilos adoptaran un perfil mas religioso.


Se conocieron dos ramas principales: una, la más estricta, recibió el nombre de “albanesa” por el hecho de que gran parte de sus integrantes se retiraba a vivir en las zonas montañosas de esa zona; la rama menos estricta se ha conocido con el nombre de “garatense”, tomado del nombre de su fundador, Garatus.


Hoy aún, en tierras búlgaras se conserva un abundante folklore de cuentos y leyendas cuyos protagonistas son Dios y el Diablo, empeñados en una lucha cósmica.
Se trata de historias impregnadas de dualismo, de relatos que recogen la corriente de pensamiento que afirma la existencia en el Universo de dos fuerzas antagónicas en lucha perpetua.
Tras una aparente confesionalidad ortodoxa, católica, protestante o musulmana, muchos búlgaros guardan lo esencial de las enseñanzas bogomilas.


***


La cosmogonía bogomila sostenía la concepción dualista maniquea del origen del mundo.
Un Universo concebido como un campo de batalla entre dos principios irreconciliables: Luz y Oscuridad.
Y en el que el mundo actual es un producto del mal.


El hijo primogénito de Dios, Satanael, se rebeló contra su padre.
En consecuencia, fue despojado de su carácter celeste y arrojado del Paraíso.
Satanael perdió la partícula divina “el” y pasó a llamarse llamarse Satán.
Decidió entonces, secundado por miríadas de ángeles rebeldes, crear su propio reino.
La creación narrada en el Génesis sería obra suya.
Para mantener al hombre bajo su imperio, Satanael dio las tablas de la ley a Moisés. Con la misma misión envió a Elías. Así se ha perpetuado el orden civil y religioso que ha tenido al hombre sometido al poder de los demonios.
El mismo diablo que había creado el mundo ha inspirado también el orden social imperante.
Dios Padre se apiadó de la humanidad y envió a uno de sus ángeles, María, para que recibiera a su otro hijo, Jesús, quien se revistió con una forma humana pero inmaterial. (doctrina ésta conocida como “fantasianismo”, defendida por muchos gnósticos).
Satanael consiguió que Jesús fuera crucificado, pero éste sólo murió en apariencia.
Llegará un día en que el mundo que Satanael creó será consumido por las llamas hasta desaparecer.
Mientras, las almas humanas pasan por sucesivas reencarnaciones hasta su purificación.


Los bogomilos rechazaban el Antiguo Testamento, identificando al Dios de éste con el demonio, una especie de Dios cruel.
Los milagros realizados por Jesús eran interpretados en un sentido espiritual o alegórico, no como hechos materiales reales.
No aceptaban la veneración de la cruz y el culto a las reliquias les parecía absurdo. Pensaban que en los cementerios moraban los demonios. Negaban la resurrección de los cuerpos.
Consideraban que la procreación perpetuaba el imperio de la materia, que era obra del dios malo o Satán.


Quienes profesaban este credo se llamaban a sí mismos “verdaderos cristianos”.
Los bogomilos disponían de su propio clero, y sus comunidades estaban constituidas por dos grupos:
Los “perfectos”, hombres y mujeres iluminados o iniciados en los misterios (en el verdadero conocimiento, de carácter arcano). Vestidos con hábitos negros, encapuchados, célibes y dedicados a una vida ascética de oración y contemplación, los “elegidos” despreciaban todo lo relacionado con el cuerpo, creación satánica, y rechazaban en su alimentación todo cuanto proviene del coito (huevos, leche, queso y carne – se creía entonces que los peces no se reproducían sino que los generaba el agua –). La opción por la dieta vegetariana no se debía, pues, al contrario de lo que se ha afirmado con frecuencia, al respeto por cualquier forma de vida, sino al rechazo al coito y sus consecuencias.
Llegó a decirse que algunos recurrían al suicidio para liberarse del cuerpo y ganar el Cielo.
Junto a ellos estaban los meros creyentes, que vivían en una comunidad de bienes, con todo puesto en común.


El bogomilismo asumió tanto el dualismo como el rigorismo propio de las sectas gnóstico-cristianas de los primeros siglos (Marción, Tertuliano, Valentín, los ofitas, los barbelo-gnósticos, etc.)


***


Y esa amalgama de ideas dualistas y gnósticas ejerció gran fascinación fuera de Bulgaria.

Los misioneros bogomilos llevaron su doctrina a Occidente.


Encontraron seguidores en Alemania, donde fueron conocidos como “ketzers”, “herejes”.

En Italia hallaron terreno abonado, ya que en el siglo VIII se habían asentado en Sicilia armenios paulicianos deportados y pocos años después la comunidad pauliciana en Italia había alcanzado grandes proporciones, conociéndoseles allí como patarinos.

En 1023 el rey de Francia, Roberto el Piadoso, a petición de la Iglesia, hizo quemar en la hoguera de Orléans a una decena de herejes “maniqueos”, que podían ser un grupo de bogomilos o quizá una primera presencia de cátaros.

Los bogomilos se expandieron por el sur de Francia, Occitania, el Languedoc, y por el noreste de España, donde la población e incluso grandes señores y cierta parte del clero adoptaron la doctrina del dualismo radical.
Estos herejes fueron denominados al principio patarinos, búlgaros, maniqueos o publicanos, pero pronto empezaron a ser llamados cátaros, “los puros”.

A partir de este momento el nombre de “bogomilo” cayó en desuso, pero sus enseñanzas, más o menos transformadas, se mantuvieron vivas, y reaparecieron continuamente como una corriente oculta en la historia de Europa.


El bogomilismo fue directo antecedente del catarismo, como lo prueban las actas del Concilio Cátaro de San Félix de Caraman, celebrado bajo la dirección del patriarca bogomilo Nicetas.


miércoles, 15 de febrero de 2012

PLATONISMO



El dualismo iranio se halla en los orígenes de los planteamientos dualistas presentes en el pensamiento griego.
Las escuelas órfica y pitagórica recogieron la influencia del mazdeísmo.


La concepción platónica de la realidad es dualista:
Está el mundo sensible de los objetos físicos, imperfectos y basados en las apariencias que conocemos a través de los sentidos, y hay otro mundo de realidades perfectas que son las Ideas que conocemos por el alma racional.
A este mundo verdadero, que está más allá del mundo físico, Platón lo denominó mundo de las Ideas:
Las ideas en el sistema platónico son entidades objetivas, reales, y no meros conceptos.
Tienen una existencia separada de las cosas sensibles.
Son los modelos perfectos de los objetos del mundo físico.
Constituyen el verdadero ser de la realidad, su esencia.
En su obra La República, Platón establece la Idea del Bien como idea máxima y principio unificador de las demás ideas.


Platón distingue dos tipos de conocimiento:
- dóxa: comienza en la sensación, en la percepción de las imágenes, de las apariencias, y nos permite forjarnos una apreciación del mundo. Es un conocimiento imperfecto y superficial.
- epistéme: es el verdadero conocimiento que permite alcanzar la verdad, la esencia de las cosas a través del intelecto y prescindiendo de los sentidos. La epistéme posibilita conocer las Ideas, ir de lo sensible a lo inteligible y alcanzar la idea máxima del Bien.


El dualismo platónico se establece, en primera instancia, entre el ámbito de la percepción (sensible) y el del pensamiento (ideal).
El primero se refiere al mundo de las cosas temporales, cambiantes y corruptibles: las apariencias; el segundo, al mundo de las ideas inmutables, incorruptibles y eternas: la realidad.
Aquél es simple mímesis (imitación) de éste, lo cual explica Platón con el mito de la caverna.


El libro VII de La República comienza con la exposición del mito de la caverna, que utiliza Platón como explicación alegórica de la situación en la que se encuentra el hombre respecto al conocimiento, según la teoría desarrollada al final del libro VI:


I - Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.
- Ya lo veo - dijo.
- Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.
- ¡Qué extraña escena describes - dijo - y qué extraños prisioneros!
- Iguales que nosotros - dije -, porque, en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
- ¿Cómo - dijo -, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?
- ¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?
- ¿Qué otra cosa van a ver?
- Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?
- Forzosamente.
- ¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?
- No, ¡por Zeus! - dijo.
- Entonces no hay duda - dije yo - de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.
- Es enteramente forzoso - dijo.
- Examina, pues - dije -, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera de alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?
- Mucho más - dijo.

II. - Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría que éstos son realmente más claros que los que le muestra?
- Así es - dijo.
- Y si se lo llevaran de allí a la fuerza - dije -, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
- No, no sería capaz - dijo -, al menos por el momento.
- Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.
- ¿Cómo no?
- Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar.
- Necesariamente - dijo.
- Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.
- Es evidente - dijo - que después de aquello vendría a pensar en eso otro.
- ¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?
- Efectivamente.
- Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente "trabajar la tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio" o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?
- Eso es lo que creo yo - dijo -: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.
- Ahora fíjate en esto - dije -: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente la luz del sol?
- Ciertamente - dijo.
- Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquéllas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad - y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse -, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían, si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?
- Claro que sí - dijo.

III. - Pues bien - dije -, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.


Hay igualmente en el platonismo un dualismo antropológico:
El dualismo platónico entre lo sensible y lo inteligible, entre lo material y lo espiritual, se manifiesta también en el ser humano que es una mezcla de estos dos mundos:
El hombre es un compuesto de dos realidades: cuerpo y alma.
El cuerpo pertenece al mundo sensible, y el alma es el principio racional que ordena la vida del hombre.
El alma es espiritual e inmortal, y pertenece al Mundo de las Ideas.
El cuerpo es la cárcel del alma, es material, mortal, imperfecto y pertenece al Mundo de los Sentidos.
Lo auténticamente humano es lo espiritual y el cuerpo constituye un mero revestimiento accidental e indeseable del espíritu, como su cárcel.
Mientras el alma se encuentra unida al cuerpo, aspira a volver al Mundo de las Ideas, la unión entre ambos elementos es transitoria y accidental.
El objetivo del hombre debe ser "salir de la caverna".


El dualismo platónico es también cosmológico:
El demiurgo del Timeo extrae el cosmos del caos de la amórphe hyle, o materia originaria e informe.


Los dualismos ontológico y cosmológico resultaron incompatibles con la ortodoxia cristiana, pero la influencia platónica se mantuvo, mitigada, en las concepciones antropológicas, en la dualidad alma - cuerpo.