domingo, 15 de enero de 2012
viernes, 6 de enero de 2012
Arte y Materia
Hasta hace poco tiempo, el Arte fue Religión.
Hasta hace poco tiempo, el Arte fue un medio de comunicación del hombre con Dios.
Hasta hace poco tiempo, el Arte fue un modo de, a través de la Materia, trascender la Materia.
Mediante el Arte, el hombre podía tener vislumbres de lo Bello, de lo Grandioso, de lo Noble.
Pero, de repente, la Materia invadió el Arte y éste se hundió en el barro.
Lo que durante siglos había sido búsqueda de la Belleza, se convirtió en regodeo en la Fealdad. El pintor se puso a plasmar en el lienzo montones de excrementos. El escultor nos ofreció hierros retorcidos envueltos en sesudas explicaciones sociológicas. La música se transformó en chirrido. Buena parte de lo que hoy se llama arte no apela a la trascendencia sino a los bajos instintos.
Ésa parece una batalla perdida por el Principio del Bien. Por más que los actuales teóricos del arte, pedantes vendedores de humo, se empeñen en elaborar argumentos, nadie puede creer en serio que la contemplación de una taza de váter enriquezca en algo al contemplador. Vaciar un cubo de basura sobre una mesa y afirmar que el resultado es una obra de arte no es sino una tomadura de pelo.
El Arte era un lenguaje. Un medio de comunicación. Una vía de contacto del hombre con Dios.
Esa vía se ha ido cerrando.
Quedan, al menos, las obras del pasado, que siguen sirviendo como transmisoras del mensaje.
Para que tenga efecto esa transmisión ¿sirve igual una cantata de Bach que una simplona musiquilla mal entonada con el deficiente acompañamiento de una guitarrita? Seguramente no.
La manifestación de la Divinidad requiere una preparación, un estado de conciencia adecuado.
El Espíritu sopla donde quiere, pero el corazón del hombre ha de estar preparado para recibir el mensaje. Los canales han de estar abiertos.
Durante siglos, el Arte ha servido para preparar la hierofanía.
Durante siglos, el Arte fue un instrumento del Espíritu para superar la Materia.
Pero, en los últimos tiempos, la Materia ha invadido por completo el Arte y éste se ha quedado vacío de Espíritu, vacío de Sentido.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Catarismo y Grial
Existen dos Principios:
El Principio del Bien, del que proceden los espíritus humanos.
Y el Principio del Mal, creador del mundo material.
Ambos Principios mantienen una lucha cósmica en la cual el hombre se encuentra implicado.
El espíritu humano, que procede del Principio del Bien, ha sido apresado en estas cárceles de materia que son los cuerpos creados por el Principio del Mal.
La vida en este mundo ha de ser para el hombre un esfuerzo permanente por desasirse del lastre terrenal y recordar su origen divino.
Procedemos del Espíritu. Volveremos al Espíritu.
La materia es creación del Maligno.
Estos son los presupuestos básicos del catarismo.
Sentados los cuales, resulta disparatado cualquier intento de relacionar la doctrina cátara con las recientes interpretaciones del Grial como “linaje de Jesús”.
Siendo la materia creación del Maligno, Jesucristo no pudo ser un hombre de carne y hueso.
Jesús, enviado de Dios para establecer comunicación con el hombre, adoptó apariencia humana para que esa relación fuese directa y fácilmente comprensible. Pero Jesús fue Espíritu y regresó al Espíritu, y resulta absolutamente inaceptable para la doctrina cátara que dejara en este mundo una descendencia material.
Nunca los cátaros custodiaron ni reverenciaron nada que tuviera relación con la materia. La sangre de Cristo no es objeto de veneración para el catarismo, ni en sí misma ni como “linaje”. La procreación, para el catarismo, pertenece al ámbito de la materia y de ningún modo resulta admisible que Jesucristo tuviera descendencia.
Todas las fantasías recientes sobre supuestos descendientes de Jesús y María Magdalena son por completo ajenas a la realidad cátara. Los supuestos “tesoros ocultos” de los cátaros, si los hubo, nunca serían otra cosa que medios de subsistencia, puesto que a nada material atribuyeron especial valor.
El “tesoro” de los cátaros pertenece al mundo del espíritu, y por tanto no está escondido en ninguna parte salvo en el corazón de todos y cada uno de nosotros. Ni se trata de ninguna misteriosa clave oculta para reconocer un “linaje sagrado”.
A ese “linaje” pertenecemos todos en tanto que procedemos del Espíritu.
Ése es el único mensaje cátaro: Somos Espíritu. Procedemos del Espíritu. Regresaremos al Espíritu.
Y ése es el único sentido posible del Grial en relación con el catarismo: El Grial no es sino una idea-fuerza, un símbolo, una metáfora.
El Grial supera así tanto su concepción estricta como copa de la última cena cuanto su reformulación fantasiosa como linaje de Jesús. El Grial es un intangible. Es una aspiración, un motor, un ideal. Todo hombre puro es su custodio. El Grial es la única lucha que vale la pena, es la mayor de las ambiciones, es el alimento que no sacia, es la respuesta a todas las preguntas.
La historia del Grial es la historia de todo ser humano que toma conciencia, que interroga, que busca, que emprende el camino. El camino de regreso al origen. El Grial es el impulso que nos pone en camino, es la llamada que oímos en la lejanía, es la sed y el agua, es la luz en las tinieblas.
Reducirlo a disparatadas teorías sobre hijos de María Magdalena es no haber entendido nada.
martes, 27 de diciembre de 2011
El buscador del Grial
Perceval es un muchacho de ilustre linaje, pero que ha crecido en la ignorancia, aislado en la Yerma Floresta Solitaria, desconocedor de sí mismo y de la realidad que hay más allá de su limitado ámbito vital.
Un día ve pasar cerca de su casa a unos caballeros y queda fascinado por su aspecto. Los cree ángeles. Y decide seguirlos. A partir de esa visión ya no le importa lo que hasta entonces había sido su mundo. Lo abandona todo y marcha a la ventura.
A partir de ese momento, el joven ignorante se transforma en héroe que atraviesa un proceso de aprendizaje e iniciación. Perceval se convierte en guerrero, en caballero.
En su vagar en busca de aún no sabe qué, llega a un castillo en el que es invitado a cenar por el Rey Pescador o Rey Herido.
A mitad de la cena, tiene lugar algo extraño: Atraviesa la sala una procesión en medio de la cual avanza una doncella portando “un grial”. Un grial que ilumina la estancia de tal modo que en su resplandor se diluye la luz de los candelabros.
Perceval falla entonces. Su preparación aún no es suficiente. No hace la pregunta que debería haber formulado. No pregunta a quién se sirve con el grial.
Hacer la pregunta adecuada. Ésa es la Búsqueda. Sin pregunta no hay búsqueda y por tanto no hay encuentro, no hay fin del camino, no hay solución al enigma. Puedes incluso estar frente a lo buscado y no ser consciente de ello, no ser consciente de su significado.
Por eso, Perceval ha de abandonar el castillo y proseguir su peregrinaje. Completar su iniciación.
Perceval ha permanecido callado cuando debería haber preguntado. La luz del grial se esfuma. La tierra permanece desolada y el Rey sigue sangrando, porque Perceval no ha formulado la pregunta sobre el sentido del grial.
El buscador se ve obligado a deambular durante años, luchando, enfrentándose a dificultades, superando obstáculos. Durante años lleva una vida dura y errante, aprendiendo, fortaleciéndose, purificándose, conociéndose a sí mismo y el significado del viaje.
Ha dejado atrás su casa, la seguridad de la protección materna. Se ha adentrado en lo desconocido. Ha afrontado amenazas. Ha aprendido a combatir. Se ha sometido a pruebas. Se ha internado, solo, en el peligro. Por el camino, le han sido revelados secretos cuyo alcance sólo puede conocer el que se atreve a asumir el riesgo del peregrinaje.
Finalmente, en ese largo viaje, Perceval encuentra al sabio que le revela el sentido del grial: En él se transporta el alimento milagroso con el que se sostiene el Rey Herido, el Rey Inválido. Perceval es instruido en los misterios.
La búsqueda de Perceval no es sino la búsqueda de Dios. Dios es el “alimento mágico”. Dios es la respuesta a la pregunta. Dios es la sanación de la enfermedad.
Sólo el caballero puro puede alcanzar la revelación. El viaje de Perceval es el camino hacia Dios.
De hecho, a lo largo del proceso, la pregunta se transfoma. En la soledad de su viaje, Perceval-Parsifal se pregunta repetidamente: “¿Qué es Dios?” Sus victorias en lances caballerescos son insuficientes. Perceval-Parsifal busca algo más, necesita algo más. Acumula hazañas, pero su alma se siente insatisfecha.
La aventura adquiere así una dimensión espiritual, interior, sagrada, trascendente.
Perceval-Parsifal, o Galahad en textos posteriores, puede sentarse en el Asiento Peligroso sin que ningún daño le sobrevenga, y alcanzar la visión del Grial, porque es el caballero puro.
La aparición final del Grial es una visión mística. Tras la revelación, Galahad muere. Perceval se convierte en Rey. La consecuencia es la misma: La transformación radical, el paso a otro plano.
El héroe alcanza el conocimiento y con ello se libera. El Grial es el objeto lejano cuya consecución ha guiado el camino.
domingo, 18 de diciembre de 2011
Águilas y gallinas
Un campesino encontró un huevo de águila en lo alto de la montaña. Lo recogió, lo llevó a su granja y lo puso junto a los huevos que iban a ser empollados por una de sus gallinas.
Cuando el tiempo llegó, los pollitos salieron del cascarón, y el aguilucho también.
El aguilucho se crió con los polluelos del gallinero.
Aprendió a cloquear, a escarbar la tierra, a buscar lombrices y a subir a las ramas más bajas de los árboles, exactamente como toda gallina. Su vida transcurrió con la convicción de que era una gallina.
Un día, ya vieja, el águila estaba mirando hacia arriba y tuvo una visión magnífica. Un ave majestuosa volaba en el cielo abierto como si no necesitase hacer el más mínimo esfuerzo.
Impresionada, se volvió hacia la gallina más próxima y le preguntó:
¿Qué pájaro es aquél?
La gallina miró hacia arriba y respondió:
¡Ah, es el águila, la reina de los cielos! Pero no pienses en ella: tú y yo somos de aquí abajo. No podemos volar.
El águila no miró hacia arriba nunca más y murió creyendo que era una gallina, pues así había sido tratada siempre.
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