miércoles, 14 de diciembre de 2011

¿Por qué temblar ante la muerte?


Hay, en la ópera Werther de Massenet, un hermoso soliloquio del protagonista que, desesperado, piensa en la muerte.



Pourquoi trembler devant la mort?
Devant la nôtre?
On lève le rideau...
puis on passe de l'autre côté,
Voilà ce qu'on nomme mourir!

Offensons-nous le ciel
en cessant de souffrir?

Lorsque l'enfant revient d'un voyage
avant l'heure,
bien loin lui garder quelque ressentiment,
au seul bruit de ses pas
tressaille la demeure
et le père joyeux l'embrasse longuement!
O Dieu! qui m'as créé,
serais-tu moins clément?
Non, tu ne saurais pas, dérobé sous voiles
rejeter dans la nuit ton fils infortuné!
ton fils!
Devinant ton sourire au travers des étoiles
il reviendrait vers toi d'avance pardonné!
Père! Père!
Père, que je ne connais pas,
en qui pourtant j'ai foi,
parle à mon coeur,
appelle-moi! Appelle-moi!



¿Por qué temblar ante la muerte,
ante nuestra muerte?
¡Se levanta el telón y...
pasamos al otro lado!
Eso es a lo que llamamos morir.

¿Ofendemos al cielo
si cesamos de sufrir?

Cuando el niño vuelve de un viaje
anticipadamente,
no se le guarda resentimiento.
Al solo sonido de sus pisadas
se estremece la morada
y el padre, dichoso, le abraza largamente.
¡Oh, Dios! Tú, que me has creado,
¿serás menos clemente?
No. ¡No te ocultarás
y rechazarás en la noche
a tu hijo infortunado!
¡Tu hijo!
Intuyendo tu sonrisa entre las estrellas,
él regresará a Ti,
¡Perdonado de antemano!
¡Padre! ¡Padre!
Padre, al que no conozco,
y en quien sin embargo creo,
háblale a mi corazón,
¡Llámame! ¡Llámame!



Estas palabras podrían ser una oración del catarismo.


La oración del hombre que, desde la tristeza, desde el infortunio, desde la desesperación, ya sólo piensa en salir de la cárcel y regresar a la casa del Padre.

martes, 13 de diciembre de 2011

La Búsqueda del Grial




El catarismo rechaza la materia, como obra del Espíritu del Mal.


Por lo tanto, ninguna relación cabe establecer entre el catarismo y supuestas “sangres reales” ni vientres de Magdalenas.
El catarismo entiende que Jesucristo no fue un ser de carne y hueso (de “materia”), sino sólo una apariencia humana a través de la cual la Divinidad se comunicó con los hombres.
Por lo tanto, de ningún modo se puede afirmar que en algún momento los cátaros fueran “custodios” de una supuesta descendencia de Jesús.
Tales teorías son completamente opuestas a la esencia misma del catarismo.


Pero sí se puede relacionar el catarismo con el Grial, si se comprende éste adecuadamente.


¿Qué es el Grial?


El Grial es el recipiente místico contenedor de la sustancia sacra.
Existe en todas las culturas, en todas las religiones: cuenco, jarra, crátera, matraz, etc. El caldero céltico de Lug. La vasija de los misterios órficos de los griegos, en la que se cocinaba el alma del mundo.
Es el receptáculo de la substancia a través de la cual tiene lugar la transfiguración personal.
Su contenido es trascendente. El Grial es el alimento místico, la clave de la Sabiduría, el Misterio y la Magia, la guía para salir del laberinto, el transmisor del secreto, de la enseñanza, del conocimiento.
En los misterios de Eleusis, en Grecia, el recipiente contenía la bebida sagrada y, al tomarla, el neófito entraba en trance, es decir, pasaba a otro mundo.


El Grial es el vaso sagrado, el recipiente primordial.
Parece un objeto. Pero es “un objeto espiritual”.


Un objeto que presupone la existencia de un Caballero, un Camino a recorrer y una Meta que alcanzar.
El Grial es el Buscador y la Búsqueda.
El Grial es un enigma. Un enigma que convoca a una empresa.


El Grial simboliza el anhelo de Dios. Buscar el Grial es buscar a Dios. El Caballero del Grial es el buscador de Dios, el buscador de la trascendencia. Su Búsqueda pretende descubrir los secretos y conocer los misterios. La Búsqueda del Grial es un viaje hacia la iluminación. El Grial representa la aspiración a la plenitud, a la unión con lo divino.
La Búsqueda del Grial es la historia del alma en su recorrido por el laberinto que constituye el tránsito hacia la Divinidad.


La idea que subyace en la Búsqueda es la de paso, la de tránsito.
En la existencia terrestre el alma se encuentra separada de su esencia.
La Búsqueda constituye el paso hacia una esfera superior en la que el alma encuentra lo que anhela. Es una mutación mística, el abandono de los apegos materiales, la revelación.


El Viaje es la búsqueda del conocimiento y de la verdad oculta, la búsqueda de la revelación del significado del misterio, la búsqueda de la Divinidad.


Es la aventura del héroe o iniciado, del caballero andante, a través de un terreno desconocido, el páramo, la Tierra Desolada; una aventura sin red protectora. Una aventura en la que la vida se va cargando de sentido, al tiempo que el espíritu se distancia de la materia. Una aventura en la que cada esfuerzo, cada prueba constituye un avance en el proceso alquímico de transfiguración y perfeccionamiento.


Lo Divino, una vez despertada la necesidad espiritual, se convierte en la meta de todo Iniciado que se plantea su lugar en el mundo.
El Grial cura, transforma, ilumina.


Pero, para ello, hay que superar el miedo. Confiar en la voz que se escucha, para que ella nos oriente.
Los problemas, los errores, los tropiezos, son el detritus que nutre la semilla.


La Búsqueda es una andadura que causa dolor pero a la vez revela secretos. Despierta inquietudes y responde a interrogantes.
El Camino, las dificultades y las satisfacciones ante lo contemplado, no son sino escenario que facilita la mirada interior.


El Caballero de la Búsqueda va en pos de un tipo de sabiduría que constituye una experiencia espiritual transformadora y que proporciona un estado de gracia especial que posibilita la superación de lo material.
La Búsqueda heroica constituye un proceso iniciático que conduce a la liberación y el conocimiento.


Cuando la revelación sobreviene, exige la máxima entrega en la respuesta, pues de lo contrario se desvanece.
Ante la revelación no hay protocolos, ni códigos sociales, ni reticencias, ni cautelas.
La prudencia ante la revelación significa tibieza de espíritu. La prudencia ante la revelación ciega lo que podría haber sido iluminación, sentido y toma de conciencia.


En versiones de Perceval posteriores a la de Chrétien, como la Segunda Continuación y la de Manessier, junto al Grial aparece otro elemento: la espada rota, que cobra significado, al igual que la lanza, en relación con el contexto histórico en que se desarrolla la narración, como parte del instrumental bélico del caballero.


La lanza representa la intuición y la clarividencia, pues con ella, lanzada de forma certera, se alcanza el centro de las cosas. La espada por su parte significa la fortaleza con la que se rasga el velo de la ignorancia.
Pero al mismo tiempo, en sentido inverso, la lanza produce la herida del Rey, incapacitándolo, y la espada partida pone de manifiesto la pérdida de su soberanía.
Lanza y espada simbolizan la vía iniciática. El Kata Upanishad comparaba la andadura hacia la sabiduría con el caminar sobre el filo de una navaja. Símbolo de purificación y de renuncia para llegar a la perfección personal y a la salvación.


A medio camino entre la experiencia mística y la hazaña guerrera, la Búsqueda del Grial hace referencia a lo sagrado, a lo trascendente, a lo sobrenatural, al Misterio.

martes, 6 de diciembre de 2011

La soledad es buena





Ser compasivo. Sentir compasión no es sentir pena. Sentir compasión es “sentir con”. “Cum-passio”. Sentir con el otro. Padecer con el otro. El otro, que está en el mismo exilio, en la misma cárcel que nosotros; que forma parte del mismo ejército; que, como nosotros, sufre este destierro y, como nosotros, atraviesa a ciegas este valle de sombras.
Su dolor es el nuestro. Su tristeza, su desamparo, son los nuestros.


Tender la mano al otro es parte de la lucha; constituye un avance de la Luz; contribuye a fortalecer a Dios. A Dios, que nos necesita como nosotros lo necesitamos a Él.


Ayudar a esas minúsculas partículas de Luz que son los seres humanos incrementa la Luz. Pone un poco de claridad en la penumbra.
Con cada acto de com-pasión, la Sombra retrocede. Cada gesto de com-pasión es una pequeña victoria en la lucha de siglos que se libra en este inmenso campo de batalla que es la materia.


La búsqueda de la puerta de salida es un camino solitario. Pero, de pronto, en nuestro camino en busca de la Luz, se cruza otro caminante. Quizá más dolorido, más enfermo, más débil o más desorientado que nosotros. Ayudémosle, porque ese caminante también es luz encarcelada.


Pero no dejemos que su pesar o su ceguera nos arrastren. Hagamos lo que podamos por él, pero no olvidemos el camino.
Que su dolor no se convierta en cuerda que nos ate, en piedra que nos arrastre hacia la sombra.


Ayudemos a nuestros compañeros de viaje, pero no olvidemos que nuestra comunicación primordial es con Dios. El exceso de ruido humano nos impide oir el leve sonido que llega de la lejanía, la sutil voz con la que hablan los ángeles. Ayudemos a los caminantes con los que nos crucemos, pero no olvidemos que sin la compañía de la soledad podemos acabar perdiéndonos a nosotros mismos en el barullo mundano.


La soledad es buena. La soledad nos facilita muchas claves, nos proporciona el ánimo propicio para la escucha, nos ayuda a interpretar los mensajes.
La soledad es compañera imprescindible en el camino hacia la Luz, porque los sonidos que nos llegan para indicarnos la dirección son tan tenues que en medio del barullo mundano no podemos oirlos.


Ayudemos a nuestros camaradas, pero no abandonemos la soledad. No nos soltemos de la mano de la soledad, porque sólo en su compañía podremos ir descifrando los enigmas. El camino cátaro es el camino de la soledad.

domingo, 20 de noviembre de 2011

La Divina Comedia, El Empíreo (8)


La más famosa descripción del Empíreo es la ofrecida por Dante en la La Divina Comedia, tras atravesar los nueve cielos del Paraíso.


El Empíreo es el más alto lugar. Es el sitio de la presencia de Dios, donde residen los ángeles y las almas acogidas en el Paraíso.


Según el modelo de Ptolomeo, la Tierra se encontraba en el centro del universo, rodeada por ocho esferas celestes (los cielos): en las primeras siete había un planeta (Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter, Saturno) y en la octava se encontraban las estrellas.
Los teólogos medievales, inspirándose en la doctrina de Aristóteles, incorporaron un noveno cielo, el Primer Móvil, que no estaba contenido por ningún otro y que originaba y alimentaba el movimiento de los otros ocho.


El Empíreo se encuentra más allá, sobre los nueve cielos.
No está limitado espacialmente ni constituido por materia, como sí lo estaban las otras regiones.
Es un sitio espiritual, fuera del tiempo y del espacio.
Mientras los nueve cielos están en continuo movimiento, el Empíreo se encuentra eternamente inmóvil.


Desde el último cielo, Dante levanta la mirada y ve un punto muy luminoso rodeado por nueve órbitas centelleantes, nueve círculos de fuego:
“Allí vi un punto que irradiaba luz
tan recia que los ojos que la enfocan
deben cerrarse por el fuerte brillo”
(Canto XXVIII, 16-18).


Beatriz le explica que la luz es Dios y los círculos ígneos son los nueve coros angelicales, los nueve órdenes de ángeles.
Beatriz describe el Empíreo en los siguientes términos:
Con ademán y voz de guía experto
«Hemos salido ya - me dijo ella -
del mayor cuerpo al cielo que es luz pura:
luz intelectual, plena de amor;
amor del cierto bien, lleno de dicha;
dicha que es más que todas las dulzuras.
Aquí verás a una y otra milicia
del paraíso, y una de igual modo
que en el juicio final habrás de verla.»
(Canto XXX, 37-45)


Dante y Beatriz han llegado al extremo del mundo.
Desde el Primer Móvil, ascienden a una región que está más allá de la existencia física: el Empíreo, que es la morada de Dios, la Ciudad de Dios.
Beatriz, que representa la teología, se hace en este lugar más bella que nunca, y Dante se ve envuelto por la luz:
“Como un súbito rayo que nos ciega
los visibles espíritus, e impide
que vea el ojo aun cosas muy brillantes,
así me circundó una luz viva,
y dejóme cegado con tal velo
su fulgor, que nada pude ver.
«El amor que este cielo tiene inmóvil
siempre recibe en él de igual manera,
por preparar a sus llamas la vela».”
(Canto XXX, 46-54).


El Empíreo es la auténtica morada de las almas, más allá de las esferas astronómicas, más allá de los planetas y las estrellas.
Los espíritus que han ido apareciendo en los sucesivos cielos lo han hecho para ir mostrando a Dante gradualmente el camino de la gloria, el proceso de ascenso y de desasimiento del mundo físico.
Pero todas las almas que ha conocido Dante en el Paraíso, incluyendo a Beatriz, tienen su morada en la rosa mística. A su alrededor hay ángeles.


Beatriz ocupa su lugar entre los bienaventurados, y la sustituye como guía San Bernardo de Claraval, que va a ser el maestro de Dante en esta última parte del viaje.
Beatriz ruega por Dante en el momento de la invocación del santo a María.
Cuando Beatriz pasa a ocupar su lugar en la rosa, Dante ya se encuentra más allá de la teología y a su vez puede contemplar directamente a Dios, y San Bernardo, en cuanto místico contemplativo, será su guía en esta última etapa.
El santo ayuda a Dante para que pueda sostener la visión de Dios.
Así, finalmente Dante puede ver la Luz, contemplar a Dios y fundirse con la divinidad y comprender así los misterios, encontrar las respuestas a los interrogantes, ser iluminado.


Dante entra en contacto directo con Dios:
“Mas por mi vista que se enriquecía
cuando miraba su sola apariencia,
cambiando yo, ante mí se transformaba.
En la profunda y clara subsistencia
de la alta luz tres círculos veía
de una misma medida y tres colores;
Y reflejo del uno el otro era,
como el iris del iris, y otro un fuego
que de éste y de ése igualmente viniera.
¡Cuán corto es el hablar, y cuán mezquino
a mi concepto! y éste a lo que vi,
lo es tanto que no basta el decir «poco».
¡Oh luz eterna que sola en ti existes,
sola te entiendes, y por ti entendida
y entendiente, te amas y recreas!”
(Canto XXXII, 112-126).


La Divina Comedia termina con el poeta tratando de entender cómo los círculos logran encajar, y cómo la humanidad de Cristo se refiere a la divinidad del Sol.
No obstante, como Dante señala, para continuar “no bastan las propias alas”.
Tras un rayo de comprensión, que el poeta no puede explicar, Dante entiende, y su alma se integra en total armonía con el amor divino:
“Faltan fuerzas a la alta fantasía;
mas ya mi voluntad y mi deseo
giraban como ruedas que impulsaba
Aquel que mueve el sol y las estrellas.”
(Canto XXXIII, 142-145).


A Dante le fallaron las fuerzas para explicar la visión directa de Dios.

 

sábado, 19 de noviembre de 2011

La Divina Comedia, El Paraíso, II (7)


La octava esfera es el círculo de las estrellas fijas, el “stellatum”.
En el octavo cielo moran las “almas triunfantes”, que aparecen como innumerables luces envueltas por el resplandor de Cristo.


Desde esa altura (desde la estrella de géminis, bajo la cual nació el autor), Dante vuelve la vista atrás para contemplar tanto las siete esferas por las que ha pasado como la Tierra.


Beatriz le insta a ello:
“Tan cerca estás de la salud excelsa,
dijo Beatriz, que debes desde ahora
tener los ojos claros y agudísimos;
pero, antes de adentrarte más arriba,
mira hacia abajo, y cata cuánto mundo
debajo de tus pies ya he colocado.”
(Canto XXII, 124-129).


Dante lo hace, contempla la pequeñez e insignificancia de la Tierra, y comenta:
“Con la mirada me volví hacia todas
las siete esferas, y tal vi este globo
que sonreí ante su vil semblante.
Y por mejor el parecer apruebo
que lo tiene por menos; y el que piensa
en el otro, de cierto es virtuoso.”
(Canto XXII, 133-138).


En esta esfera, antes de proseguir, Dante debe pasar una especie de examen sobre las virtudes.
Tras una oración de Beatriz, Dante es interrogado:
San Pedro le examina sobre la fe.
Santiago le examina sobre la esperanza.
San Juan le examina sobre el amor.


A continuación Dante y Beatriz ascienden a la novena y última esfera, al círculo exterior, el “Primum Mobile” (Primer Motor) o “Cristalino”, el cielo habitado por los ángeles, el límite entre lo natural y lo sobrenatural.


Es la esfera mayor, llamada Primer Móvil pues es la primera que se mueve, recibiendo su impulso de Dios y transmitiéndolo a las esferas concéntricas de los cielos inferiores.
Dios mueve el Cristalino directamente, y por reacción a su vez se mueven todas las otras esferas que alberga:


“El ser del mundo, que detiene el centro
y hace girar en torno a lo restante,
tiene aquí su principio como meta;
y este cielo no tiene más comienzo
que la mente divina, donde prenden
la virtud y el amor que de él emanan.
El amor y la luz, a éste rodean
como a los otros éste; y solamente
a este círculo entiende quien lo ciñe.”
(Canto XXVII, 106-114)


En esta esfera residen las jerarquías angélicas, que aparecen distribuidas en nueve círculos de fuego que giran en torno a un punto luminoso, que es Dios.
Así ve Dante a Dios: Como un intenso punto de luz rodeado por nueve anillos de ángeles.


Por encima sólo se encuentra el Empíreo, que es inmóvil (en la teología medieval el movimiento no era compatible con la perfección, pues implicaba cambio).
La potencia divina que reside en el Empíreo, esencia del universo celestial, imprime a los cielos subyacentes un movimiento rotatorio, muy fuerte en el primer móvil pero cada vez más lento, hasta llegar a la Tierra.


El lugar efectivo de residencia de las almas es el Empíreo:
Dios ha distribuido a las almas en los cielos inferiores para que se manifestaran al poeta según su experiencia terrena.