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martes, 5 de febrero de 2013

Parzival




Todo buscador es Parzival.
Todo buscador va en pos de la Luz. En pos del País del Grial.
El Grial, frente a cuya luz el esplendor terrenal es nada.
Quien vea el Grial, ya no necesita nada de este mundo.

El Grial fue dejado en la Tierra por mensajeros que volvieron a las estrellas, porque su Pureza los impulsó a retornar al hogar.
En un castillo de nombre Muntsalvatsche, desde entonces fue custodiado por guerreros en permanente estado de guardia y por un rey. Únicamente una doncella podía portarlo.

Un joven héroe parte a la búsqueda del Grial: Parzival.
Abandona a su madre, Herzeloyde, para consagrarse a la caballería.

En Wolfram von Eschenbach se encuentra la denominación de Muntsalvatsche.
Montsalvat, que significa Monte de Salvación.
Los demás poetas del Grial llamaron al castillo del Grial “Chastiax de Joie”, Castillo de la Alegría, “Chastiax des Ames”, Castillo de las Almas...

La montaña y el castillo del Grial son el Lugar de la Luz.
Para quien halle el Grial, ha llegado el momento de la Transfiguración.

domingo, 10 de junio de 2012

¿Qué significa el Grial?




La “búsqueda” de Perceval es un camino de transformación, de iniciación. El adolescente salvaje, ignorante, recorre el camino del conocimiento.

Lo ha emprendido desde su primer encuentro con esos cinco caballeros relucientes que surgen del bosque. Esa visión del esplendor de las armas constituye una experiencia religiosa.


En ese largo camino, el Castillo del Grial no es un lugar más, sino un espacio maravilloso, una aparición milagrosa. El héroe visita el otro mundo para adquirir conocimiento. La visita de Perceval al Castillo es un contacto con lo sagrado, aunque, en ese momento, él mismo no sea consciente de ello.

El señor del castillo, el rey al que un rato antes Perceval ha visto pescando en el río, resulta estar herido.


El rey invita a Perceval a cenar.
Cuando entra en la sala la doncella que porta el grial
«se hizo una claridad tan grande
que las candelas perdieron su brillo,
como les ocurre a las estrellas
cuando sale el sol o la luna»
(«une si grans clartez i vint
qu’ausi perdirent les chanloiles
lor clarté come les estoiles
font quant solaus lieve ou la lune»).
La visión de la luz del Grial marcará para siempre a Perceval.
Pero no dice nada. Toda la sala está a la espera de sus palabras, pero Perceval se calla.
Perceval era el esperado para hacer la pregunta. En el castillo se le ha entregado una espada como regalo, señal de que lo estaban aguardando.
Pero el héroe calla.


En El Cuento del Grial, de Chrétien de Troyes, Perceval no pregunta cuando tiene que hacerlo. Piensa hacerlo al día siguiente.
Pero a la mañana siguiente, ya es demasiado tarde: Cuando despierta, se encuentra con que el castillo está desierto; ya no hay nadie a quien preguntar.

Perceval es “el que no preguntó”. A partir de ese momento, el camino de la búsqueda es siempre difícil, y el fracaso siempre está próximo.

Perceval adquiere conciencia de que su silencio ha sido su fracaso, y emprende la búsqueda, que es como una pregunta prolongada en el tiempo: el término latino “quaerere”, del que deriva el francés “queste”, significa tanto “preguntar” como “buscar”.

Por la mañana, Perceval abandona decepcionado el repentinamente deshabitado castillo. Su oportunidad se ha desvanecido. Se ha equivocado al permanecer callado. Ha fracasado en la empresa.


Se encuentra con una mujer que le pregunta su nombre.
Esa pregunta constituye un despertar de la conciencia de Perceval, un instante de iluminación:
El muchacho, que hasta ese momento no conocía su propio nombre, adquiere identidad: Dice llamarse Perceval:
“Perce–val”: “El que ha penetrado en el valle”.
Esa mujer le explica que no pudo hablar ante la visión del Grial porque se lo impidió el pecado que había cometido contra su madre.


El muchacho vuelve a la corte de Arturo y allí la Doncella Fea le recrimina su comportamiento en el Castillo del Grial:
«No indagaste
a qué prohombre se servía
con el grial que tú viste.
Muy desdichado es el que ve
la ocasión que más le conviene
y aún espera que venga otra mejor».

Esa censura desencadena la “queste”, una errancia sin descanso:
«Y Perceval habló de modo distinto.
Dijo que en toda su vida no dormiría
dos noches en el mismo albergue;
que cuando tuviera nuevas
de un paso difícil, no dejaría de ir a pasarlo;
que cuando supiera de un caballero
que vale más que otro, o que otros dos,
no se abstendría de ir a luchar con él,
hasta que supiera a quién
se sirve con el grial».


Sus palabras son diferentes a las del resto de los caballeros de Arturo: Habla de una “queste” extraña, solitaria, relativa a un mundo desconocido en la corte artúrica.
A partir de este momento, la vida de Perceval gira en torno a la búsqueda: sus aventuras vienen determinadas por su necesidad de saber, de comprender. Su vida es una búsqueda permanente, una pregunta permanente. El héroe se ha transformado.
Perceval abre así un camino nuevo, desconocido. Un camino de absoluta soledad.

Durante cinco años Perceval vaga errante, va en demanda de las más duras aventuras. Pierde la memoria. Olvida a Dios.

Finalmente, el ermitaño le revelará a quién se sirve con el Grial, le desvelará no sólo la pregunta que habría tenido que formular, sino también la respuesta a la misma.


Pero la obra quedó inconclusa: Perceval no llega a regresar al Castillo del Grial para sanar al Rey Herido. Sanación que se habría producido al hacer la pregunta adecuada.
Formular la pregunta significaba restablecer la comunicación perdida, construir el puente entre el mundo terrenal y el espiritual.

Sin embargo, de algún modo este carácter inacabado de la obra de Chrétien es lo que mejor encaja con la nueva forma de vida que en ella se plantea: la “queste” es una búsqueda interminable del sentido de la existencia, una búsqueda que es la vida misma y que sólo concluye con la muerte.


Así, en el anónimo Perlesvaus o Alto Libro del Graal, los caballeros llegan a un lugar llamado Castillo de la Pregunta, donde pueden preguntar por el significado de las aventuras que han vivido y obtener la revelación del sentido espiritual de las mismas.


En el Parzival de Wolfram von Eschenbach la pregunta cobra un cariz nuevo:
La pregunta de Parzival tenía que referirse no al contenido del Grial, sino al dolor de Amfortas (el Rey Herido).
Cundrie (la Doncella Fea) le reprocha su falta de compasión.
El mismo reproche le hace el ermitaño:
«No ganó honra allí,
cuando, al ver la auténtica desdicha,
no le preguntó a su anfitrión:
“Señor, ¿cuál es vuestra necesidad?»

Esa pregunta habría significado el encuentro del héroe, que hasta ese momento ha vivido absorto en sí mismo, con el sufrimiento del otro: la “com-pasión”, compartir el dolor ajeno. Compasión que habría conllevado la curación de ese dolor. La compasión convertiría al héroe en salvador.

Parzival retorna al Castillo del Grial y formula la pregunta adecuada:
- ¿Qué te atormenta?

El amor/compasión pone en contacto al “necio” del comienzo de la búsqueda con los misterios del espíritu.


En la Queste del Saint Graal, el protagonista ya no es Perceval, sino Galahad.
Galahad es el héroe puro, y su búsqueda es un progresivo alejamiento de este mundo y una aproximación al más allá, lo que le permitirá finalmente la visión del interior misterioso del Grial, el acceso a la revelación de secretos inexpresables.
En la ciudad de Sarraz, Galahad VE. Y muere:
«Es así, buen dulce Señor, que me habéis dejado ver lo que siempre he deseado; ahora os ruego que en este punto en que me encuentro, en este gran gozo, permitáis que traspase esta vida terrena y acceda a la celestial».

viernes, 8 de junio de 2012

¿Qué es el Grial?



La Edad Media fue una época de símbolos, de pensamiento simbólico.
En unos 50 años de escritura incesante quedó construido para siempre el mito del Grial, entre los siglos XII y XIII.

En El Cuento del Grial, de Chrétien de Troyes, Perceval se configura como primer héroe del Grial.
Perceval vive en “la yerma floresta solitaria”.
Perceval no sabe nada de la caballería. O sea: No sabe nada.
Es el ignorante; el inocente.
Vive solo con su madre. Recorre los bosques con sus jabalinas.

Un día, yendo de caza, escucha sonidos que proceden del bosque: Son las lorigas, los escudos y las armas de un grupo de caballeros que avanza; el metal choca con las ramas de los árboles. Perceval, desde un claro, mira, intrigado. Los caballeros salen del bosque.

Perceval los ve y se arrodilla, extasiado ante el brillo y el color, ante el fascinante despliegue cromático, ante el espectáculo fantástico.
Perceval pregunta a uno de ellos quiénes son. Pregunta incesantemente. Quiere ser como ellos. El caballero le dice que las armas se las dio el rey Arturo.

Perceval parte en busca de ese brillo y ese color. Su madre lo ve marchar y muere de pena. Perceval la ve caer pero sigue adelante.


Llega a la corte de Arturo y le pide armas al rey.
Todo el mundo se ríe del muchacho.
Todo el mundo, menos una doncella, que hacía mucho que no sonreía.
Ahora sonríe y dice a Perceval:
- Tú serás la flor de la caballería.
El caballero del Grial, pues, no es cualquiera: Es un elegido. Un predestinado, en contra de todas las apariencias.

Perceval inicia su formación, su aprendizaje caballeresco.
Deja la corte en busca de aventuras.


El Rey Pescador lo acoge en su castillo, el Castillo del Grial.
El castillo surge como una “aparición”; una aparición maravillosa:
Es el “más allá”.
Perceval visita el más allá.
El Rey Pescador resulta estar enfermo. Es el Rey Herido.
Durante la cena, atraviesa la sala un cortejo.
Llega una doncella que transporta “un graal”. Un recipiente, un ciborio.
Se hace una claridad tan grande que las candelas pierden su brillo.
Es la luz del Grial.
Un recipiente vulgar se transforma en un objeto maravilloso.
El cortejo, y con él la doncella, entran en la cámara de al lado y desaparecen.

¿Qué es el Grial? Eso no se dice, responderá el Gornemanz de Goort de Wagner.


Perceval no pregunta. Quiere hacerlo, pero no se atreve.
Está sobrecogido. Permanece silencioso.
Se calla. Y por tanto no obtiene respuesta.
A partir de este momento, Perceval es el que no ha preguntado.

La pregunta era el puente de comunicación con el otro mundo, representado por el Grial, puesto que el Grial es una aparición maravillosa.
El Grial responde si se le pregunta.
El héroe ha de preguntar: establecer comunicación, construir el puente.

Perceval marcha de nuevo.


Regresa a la corte de Arturo. Ya es un caballero, aunque ha fracasado en la aventura fundamental.
Así se lo dice públicamente la “Doncella Fea”:
- Eres un desdichado, porque no preguntaste cuando tenías que hacerlo.
Te ha pasado por el pecado que cometiste con tu madre (al abandonar / matar a la madre):
El pecado te trabó la lengua.


Perceval cae en un estado de crisis.
Asegura en presencia de los demás caballeros que no cesará de buscar.
Buscar y preguntar es lo mismo.
El que no ha preguntado ahora se dedicará a buscar.
No cesará hasta conocer la respuesta. Preguntará a quién sirve el Grial.

La pregunta es el deseo de conocer, el afán de saber.


Perceval emprende un nuevo periodo errante.
Vaga durante cinco años. Amargado, en un estado de absoluta pérdida. Olvidado de Dios.
Su crisis es religiosa.
Lucha frenéticamente en las más duras aventuras, pero no le sirve de nada.


Un Viernes Santo Perceval se encuentra al ermitaño, que le desvela los misterios del Castillo del Grial:
El Rey Pescador es el hijo del Rey del Grial, el Rey al que sirve el Grial en la cámara vecina (el Dios Padre, el rey oculto, al que no vemos).
El ermitaño también le dice que su silencio provino de su pecado, del pecado que cometió con su madre.

La novela de Chrétien de Troyes se interrumpe aquí.


En las continuaciones, la búsqueda se transforma en empresa caballeresca colectiva:
Todos los caballeros de la corte parten en busca del Grial.
El Grial es dispendiador de bienes. Su pérdida ha supuesto la desolación de la tierra.
La búsqueda es la misión de la caballería.


Un autor anónimo introduce a un nuevo personaje:
El nuevo héroe del Grial es Galahad: el caballero puro.
Galahad ya no tiene que preguntar nada.
El Grial se aparece. El héroe sólo tiene que verlo. Ver es conocer.
Perceval, Boores y Galahad llegan al Castillo.
El Grial se aparece. Sólo Galahad consigue ver su interior.
Mira, su cuerpo se estremece y cae muerto. Ha entrado en contacto con la Divinidad.

La pregunta la sido sustituida por la experiencia visionaria.


El Parzival de Wolfram von Eschenbach rectifica la historia de Chrétien:
Parzival llega al Castillo del Grial, ve al Rey Herido y no le importa su dolor, su terrible herida.
Parzival sólo se preocupa de sí mismo, sólo atiende a su propio deseo de conocer.
No pregunta por el sufrimiento del otro. Ve a ese hombre que está sufriendo y no dice nada.
La pregunta importante no es a quién sirve el Grial.
Cuando Parzival vuelva al Castillo preguntará:
- ¿Cuál es tu dolor?

Antes de poder hacer esa pregunta, Parzival ha pasado largas noches oscuras. Cuando regresa al Castillo, ya es capaz de sentir el dolor del otro. Sentir compasión. Ha aprendido lo que significa el amor.

La pregunta se ha convertido en sentimiento.


Por eso, el Parsifal de Wagner ya ni siquiera necesitará preguntar:
Lo que tiene que hacer Parsifal ya no es preguntar sino sentir.
Sentir, compartir el sentimiento del otro, compartir el dolor:

En la ópera de Wagner, Parsifal despierta y se lleva la mano al costado.
Le duele la herida del Rey. Es como si la tuviera él:
- Die wunde, die wunde!, exclama.

 

viernes, 27 de enero de 2012

¿Cómo se alcanza el Grial?



El Grial es la mayor búsqueda y la mayor recompensa.
No es posible alcanzar el Grial sin esfuerzo. Sin arriesgarlo todo.


No se puede alcanzar el Grial con navegación de cabotaje. Para alcanzar el Grial, hay que salir a alta mar y exponerse a las tormentas, y experimentar el miedo.


El miedo forma parte del camino. Superar el miedo forma parte del aprendizaje.


Si queremos mantenernos a cubierto, no lo encontraremos. La primera prueba que ha de ser superada es tomar la decisión de soltar amarras, de quitar la red protectora, de caminar solo.


Conforme nos internemos por ese sendero, nos iremos dando cuenta de que esa soledad nos enriquece, nos ilumina, nos enseña.


Pero habrá momentos difíciles. Momentos en que todo se quede a oscuras y creamos que nos hemos equivocado y nos sintamos perdidos.
En los momentos de oscuridad, estaremos tentados de arrepentirnos. Lamentaremos haber iniciado el viaje, querremos regresar.


Es entonces, más que nunca, cuando hay que resistir. Pedir ayuda a los ángeles, y resistir. Desoir las voces que nos recriminan el riesgo asumido, que nos reprochan el haber echado todo por la borda a cambio de nada.
No queda sino seguir andando, a oscuras, aguzando los sentidos, a la espera de que se nos ofrezca algún indicio que nos permita recuperar la calma.
Resistir la tentación de retroceder.


Cuando iniciamos el viaje, sabíamos que habría momentos difíciles. Momentos en los que pasaríamos miedo. Momentos en los que tendríamos frío. Pero la peor prueba, la que provoca más miedo y más frío, es esa oscuridad en la que nos preguntamos si no nos habremos equivocado.
Nos hemos quedado sin nada, estamos desnudos y solos en medio de la oscuridad, en medio de la tormenta.


Pidamos entonces ayuda a los ángeles y sigamos andando.
Lo pasaremos mal, pero, antes o después, se abrirán las sombras. La luz, que llegamos a creer apagada para siempre, surgirá en algún punto. Podremos volver a caminar con la certeza de estar en el buen camino.


Esa luz es lo que nos hizo iniciar la búsqueda. Arrostrar renuncias, burlas, golpes. Llegamos a creernos extraviados y desamparados. Pero cuando, en lo más profundo de la oscuridad, ha vuelto a brillar, su resplandor, aunque aún tenue, ha justificado todo lo recorrido.
Ese resplandor es la respuesta a todas las preguntas que hemos hecho.
A veces las formulamos con temor, pensando que quizás era mejor no preguntar, acomodarse, aceptar lo establecido.


Por seguir ese resplandor la sociedad nos ha situado al margen. Pero ahora, marginados, extra-vagantes, nos sentimos, sin embargo, elegidos.
Elegidos por la luz por seguir la cual nos tomaron por locos. Y acogidos por los ángeles que creíamos que nos habían abandonado.

miércoles, 25 de enero de 2012

¿Dónde está el Grial?




El Grial está en la parte más honda de nuestro interior.
En la parte de nuestro interior a la que nunca accedemos, atareados como estamos siempre por menudencias que nos parecen importantes.
¡Perdemos tanto tiempo, tantas energías, en cosas intrascendentes, en objetivos nimios, en problemas irrelevantes! La vida nos pone tantas trampas. Nos entretenemos en búsquedas falsas, nos distraen los cantos de numerosas sirenas, nos pasamos la vida tratando de desenredar nuestra ropa de la maleza en la que se nos engancha impidiéndonos continuar el camino.
Es difícil tomar la decisión de quitarnos la ropa y seguir andando. Es “nuestra” ropa. No queremos renunciar a ella. Y en cambio, ahí se nos queda la vida, enredada en las zarzas, fútilmente gastada.


Entre tanto, el Grial brilla en lo más hondo de nuestro interior, pero no lo vemos.
No lo vemos porque no miramos en la dirección adecuada. No lo vemos porque está muy lejos. Lejos, en nuestro interior, que, a veces, está más lejos que la Luna.


Hay que hacer un largo recorrido para llegar a nosotros mismos. Hay que pasar por un largo aprendizaje.
Llevamos una apacible vida al abrigo de nuestras costumbres y nuestras minúsculas seguridades, convencidos de que estamos haciendo lo correcto, de que internarse en terreno desconocido es peligroso.
Estamos seguros en nuestra casa, con nuestra familia y nuestro trabajo. Estamos obrando bien. Tenemos un suelo firme que pisar. Tenemos nuestro tiempo ocupado. Ocupado en pequeñas cosas triviales, a veces placenteras, a veces molestas, que no nos dejan pensar demasiado. Que no nos dejan mirar, ni demasiado hondo, ni demasiado lejos.
Cuesta mucho atreverse a seguir a esos extranjeros que de vez en cuando pasan por delante de nuetra casa.


¿Son caballeros o ángeles? Montan espléndidos caballos. Visten radiantes armaduras. Su visión nos atrae. Nos gustaría ir con ellos.
Pero nos dan miedo. ¿Quiénes son? ¿A dónde se dirigen? ¿Y si, al seguirlos, nos equivocamos, perdemos nuestra seguridad, nos extraviamos? ¿Y si nos conducen hacia el peligro?


Nos quedamos. Los vemos pasar y alejarse y volvemos a nuestras tareas cotidianas, a nuestras rutinas, nuestras diversiones, nuestros aburrimientos. Todo eso que no nos deja tiempo libre para pensar, para mirar en nuestro interior, para plantearnos la posibilidad de seguir a esos extranjeros.
Si un día nos atreviéramos, nos llevarían a un largo viaje. Un viaje arriesgado. Un viaje en el que quizás gastáramos todo lo ahorrado. Tendríamos que renunciar a todas las seguridades, caminar por el borde del precipicio, hacer frente a monstruos, acostumbrarnos a la soledad...
En ese viaje se arriesga mucho y se aprende mucho. Se atraviesan montañas y desiertos, lugares hermosos y lugares terribles. Es un viaje largo. Muchas veces dudaremos. ¿A dónde vamos? ¿Por qué no nos hemos quedado en casa?


Si no nos echamos atrás, si superamos las pruebas y vencemos a los monstruos, si llegamos al final, nos daremos cuenta de que hemos llegado al fondo de nosotros mismos, a ese lugar profundo en el que nunca nos atrevimos a mirar.


Y ahí, en lo más hondo, en ese fondo que antes estaba tan oscuro y que ahora se ilumina, ahí está el Grial.